Disfunciones sexuales:
aspectos médicos y psicológicos
La sexualidad es
uno de los aspectos del ser humano que muestra con más claridad la
acción conjunta de variables de tipo psicológico (por ejemplo, las
actitudes respecto al sexo), biológico (como la influencia de las
hormonas) y social (por ejemplo, los valores culturales). La
organización Mundial de la Salud definió la salud sexual como la
integración de elementos somáticos, emocionales , intelectuales y
sociales del ser humano, por medios que potencien la personalidad,
la comunicación y el amor. Todos estos factores se encuentran
entrelazados en la sexualidad humana, de manera que no podemos
llegar a entenderla si pretendemos separarlos.
Las disfunciones
sexuales se definen como aquellas alteraciones que se producen en la
respuesta sexual (en las fases de deseo, excitación, orgasmo o
resolución) de una persona de manera persistente y recurrente que
producen en la persona una sensación de infelicidad, coartan su
libertad o constituyen un problema.
Clasificación
de las disfunciones sexuales
Deseo sexual
hipoactivo (disminución del deseo sexual)
Consiste en una
pérdida persistente de las fantasías sexuales y del deseo de
realizar actividades sexuales. Ocurre tanto en hombres como en
mujeres. Algunas personas tienen falta de interés o de deseo sexual
durante toda su vida. El trastorno puede estar relacionado con
experiencias traumáticas de la niñez o de la adolescencia, con la
supresión de las fantasías sexuales u ocasionalmente con cifras
anormalmente bajas de la hormona testosterona (ya sea en hombres o
en mujeres). Más frecuentemente, el problema se desarrolla tras años
de deseo sexual normal. Las causas incluyen aburrimiento en una
relación, depresión, alteración del equilibrio hormonal y el uso de
sedantes, fármacos ansiolíticos (tranquilizantes) y ciertos
hipotensores. Cuando la causa es el aburrimiento, la persona
afectada puede tener poco deseo sexual de su pareja habitual, pero
puede tener deseo sexual normal o incluso intenso de otra.
Aversión al
sexo
Es una aversión persistente y extrema hacia la actividad sexual con
evitación de todos (o prácticamente todos) los contactos sexuales
genitales con una pareja sexual. Puede darse en hombres, pero es
mucho más frecuente en mujeres. La causa puede residir en traumas
sexuales como el incesto, el abuso sexual o la violación, una
atmósfera represiva familiar, probablemente unida a una práctica
religiosa muy rígida o dolor durante los primeros intentos de
relación sexual. En este último caso, la actividad sexual puede
recordar a la persona ese dolor aun cuando las relaciones ya no son
físicamente dolorosas.
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