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Psicología / Psicología infantil


Psicología infantil

Educar a los hijos.

El uso del castigo

 

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La mayoría de los padres y madres prestan más atención al mal comportamiento de sus hijos que al buen comportamiento. A la hora de educarlos, tratan de eliminar los comportamientos indeseados en vez de reforzar los deseados. Este punto de vista hace que tiendan a usar el castigo casi como la única herramienta disponible para educar a sus hijos. Sin embargo, cuando los padres centran su atención en lo que sus hijos hacen bien y los premian o elogian por hacerlo, el comportamiento positivo aumenta, sustituyendo al mal comportamiento. Pero no sucede lo mismo al contrario. Si centras tu atención en el mal comportamiento y tratas de eliminarlo mediante el castigo, tu hijo no aprende cuál es el modo deseado de comportarse; además, el castigo, aunque puede ser efectivo de manera inmediata, solo lo es a corto plazo. Si tu hija está armando una rabieta porque quiere llevarse algo que no es suyo, es posible que un grito o un cachete la detenga de inmediato, pero no eliminará la probabilidad de seguir comportándose así en el futuro.

 

El castigo enseña a los niños lo que no deben hacer, pero no les enseña lo que sí deben hacer. Para eliminar una conducta indeseada, debemos sustituirla por otra que la reemplace. Castigar a tu hijo por pelearse con su hermana y decirle que está mal hacer eso, puede hacer que pare en ese momento, pero dado que no le estás enseñando un modo alternativo para comportarse con su hermana o para resolver los conflictos con ella, no cambiará nada. Por tanto, si se usa el castigo, debe ser siempre como parte de un programa en el que se enseñe al niño lo que debe hacer y se refuercen los comportamientos adecuados, tal y como explicamos en otros artículos (ver índice).

 

Creencias erróneas en torno al uso del castigo

 

Los padres tienden a usar el castigo como un modo de escarmentar o de hacer pagar por un mal comportamiento. Es decir, consideran que si un hijo hace algo malo, debe sufrir las consecuencias de lo que ha hecho y recibir un castigo acorde a la magnitud del "crimen". Al pensar así olvidan que su objetivo principal debe ser educar y enseñar a sus hijos a portarse adecuadamente, no escarmentarlo, darles su merecido, vengarnos o aliviar nuestra propia ira. Por tanto, hay que aplicar el mínimo castigo necesario para enseñar, incluso aunque parezca pequeño para el acto cometido. Por ejemplo, dos minutos de tiempo fuera (un modo de castigo que explicaremos más adelante) es suficiente para la mayoría de los niños y ampliar este periodo de tiempo no produce diferencia alguna.
 
Otro error frecuente consiste en suponer que si al ser castigado un niño empieza a llorar o da muestras de sentirme mal, eso significa que el castigo es efectivo. Así, algunos padres castigan a sus hijos hasta hacerlos llorar, porque creen que eso es una medida de la efectividad del castigo. Esto no es cierto. El llanto del niño sólo indica lo mal que se siente, no que haya aprendido el modo adecuado de comportarse. De hecho, hacer que el niño se siente dolido o humillado, interfiere con el cambio adecuado de comportamiento. En realidad, castigar a un niño hasta hacerlo llorar es el modo que usan los padres para sentirse mejor o vengarse, pero eso no es educar a un hijo.