La enfermedad como camino
VII. LA PIEL
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Por ello la información total se muestra siempre en todas partes. En
cada parte encontramos el todo (pars pro toto, llamaban los romanos
a este fenómeno). De manera que es indiferente la parte del cuerpo
que se contemple. En todas puede reconocerse el mismo esquema, el
esquema que representa a cada individuo. El esquema se encuentra en
el ojo (diagnóstico por el iris), en el pabellón auditivo (auriculopuntura
francesa), en la espalda, en los pies, en los meridianos
(diagnóstico por los puntos terminales), en cada gota de sangre
(prueba de coagulación, dinamolisis capilar, hemodiagnóstico
holístico), en cada célula (genética), en la mano (quirología), en
la cara y configuración corporal (fisiognomía), en la piel (¡nuestro
tema!).
Este
libro enseña a conocer al ser humano a través de los síntomas de la
enfermedad. Es indiferente dónde se mire: lo que importa es poder
mirar. La verdad está en todas partes. Si los especialistas
consiguieran olvidarse de su (totalmente inútil) intento de
demostrar la casualidad de la relación descubierta por ellos,
inmediatamente verían que todas las cosas mantienen entre sí una
relación analógica: así arriba como abajo, así dentro como fuera.
La piel
no sólo muestra al exterior nuestro estado orgánico interno sino que
en ella y por ella se muestran también todos nuestros procesos y
reacciones psíquicos. Algunas de estas manifestaciones son tan
claras que cualquiera puede observarlas: una persona se pone
colorada de vergüenza y blanca de susto; suda de miedo o de
excitación; el cabello se le eriza de horror, o se le pone la piel
de gallina. Invisible exteriormente, pero mensurable con aparatos
electrónicos, es la conductividad eléctrica de la piel. Los primeros
experimentos y mediciones de esta clase se remontan a C. G. Jung,
quien con sus «experimentos asociativos» exploró este
fenómeno. Hoy, gracias a la electrónica, es posible amplificar y
registrar las constantes oscilaciones de la conductividad eléctrica
de la piel y «dialogar» con la piel de una persona, ya que la
piel responde a cada palabra, cada tema, cada pregunta, con una
inmediata alteración de su conductividad eléctrica, llamada PGR o
ESR.
Todo ello nos confirma que la piel es una gran superficie de
proyección en la que se ven tanto procesos somáticos como psíquicos.
Pero, puesto que la piel revela tantas cosas de nuestro interior, es
fácil caer en la tentación no ya de cuidarla con esmero sino de
manipularla. A esta operación de engaño se llama cosmética, y en
este arte de la impostura se invierten de buen grado sumas
fabulosas. No es el objetivo de estas líneas denostar las artes de
embellecimiento de la cosmética, pero sí examinar brevemente el afán
que informa la antigua tradición de la pintura corporal. Si la piel
es expresión externa de lo que hay en el interior, todo intento de
modificar artificialmente esta expresión es, indiscutiblemente, un
acto de falsedad. Se trata de disimular o aparentar algo. Se
aparenta lo que no se es. Se levanta una fachada falsa y se pierde
la coincidencia entre contenido y forma. Es la diferencia entre «ser
bonita» y «parecer bonita», o entre ser y parecer. Este intento de
mostrar al mundo una máscara empieza por el maquillaje y termina
grotescamente por la cirugía estética. La gente se hace estirar la
cara; ¡es curioso que tantos se preocupen tan poco de perder la faz!
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