La enfermedad como camino
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V. LOS ÓRGANOS
SENSORIALES
Los
órganos sensoriales son las puertas de la percepción. A través de
los órganos sensoriales nos comunicamos con el mundo exterior. Son
las ventanas del alma a las que nos asomamos, en definitiva, para
vernos a nosotros mismos. Porque ese mundo exterior que «sentimos»
y en cuya incuestionable realidad tan firmemente creemos, en
realidad no existe.
Vayamos
por partes. ¿Cómo funciona nuestra percepción? Cada acto de
percepción sensorial puede reducirse a una información producida por
la modificación de las vibraciones de las partículas. Miramos, por
ejemplo, una barra de hierro y observamos que es negra, la tocamos y
notamos que está fría, olemos su olor característico y percibimos su
dureza. Calentemos la barra con un soplete y veremos que su color
cambia y que se pone roja e incandescente, notaremos el calor que
despide y observaremos su ductilidad. ¿Qué ha pasado? Sólo que hemos
conducido a la barra una energía que ha provocado el aumento de la
velocidad de las partículas. Esta aceleración de las partículas ha
provocado cambios en la percepción que describimos con las palabras
«rojo», «caliente», «flexible», etc.
Este
ejemplo nos indica claramente que nuestra percepción se basa en la
frecuencia de la oscilación de las partículas. Las partículas llegan
a unos receptores especiales de nuestros órganos de percepción,
donde provocan un estímulo que, por medio de impulsos
químico–eléctricos, es conducido al cerebro a través del sistema
nervioso y allí suscita una imagen compleja que nosotros catalogamos
de «roja», «caliente», «olorosa», etc. Entran
las partículas y sale una percepción compleja: entre lo uno y lo
otro está la elaboración. ¡Y nosotros creemos que las imágenes
complejas que nuestra mente elabora con las informaciones de las
partículas existen realmente fuera de nosotros! Ahí reside nuestro
error. Fuera no hay más que partículas, pero precisamente las
partículas no las hemos percibido nunca. Desde luego, nuestra
percepción depende de las partículas, pero nosotros no podemos
percibirlas. En realidad, nosotros estamos rodeados de imágenes
subjetivas. Desde luego, estamos convencidos de que los demás
(¿existen los demás?) perciben lo mismo, en el caso de que ellos
utilicen para la percepción las mismas palabras que nosotros; sin
embargo, dos personas nunca pueden comprobar si ven lo mismo cuando
dicen «verde». Estamos solos en la esfera de nuestras propias
imágenes, pero cerramos los ojos a esta verdad.
Las
imágenes parecen tan reales —tan reales como en los sueños—, pero
sólo mientras dura el sueño. Un día uno se despierta de este sueño
de cada día y se asombra de que este mundo que considerábamos tan
real se diluya en la nada: maja, ilusión, velo que nos oculta
la verdadera realidad. Quien haya seguido nuestra argumentación
puede replicar que aunque el mundo exterior no exista con la forma
que nosotros percibimos, existe un mundo exterior formado de
partículas. Pues también esto es una ilusión. Porque en el plano de
las partículas no se aprecia la divisoria entre el Yo y Los Demás,
entre Dentro y Fuera. Mirando una partícula no se aprecia si me
pertenece a mí o al entorno. Aquí no hay fronteras. Aquí todo es
uno.
Precisamente éste es el significado del viejo principio esotérico
«microcosmos = macrocosmos». Este «igual» tiene aquí
exactitud matemática. El Yo (Ego) es la ilusión, la frontera
artificial que sólo existe en la mente hasta que el ser humano
aprende a ofrecer en sacrificio este Yo y averigua, con asombro, que
la temida «soledad» no es sino «ser uno con todo».
Pero el camino de esta unión, la iniciación a la unidad, es largo y
arduo. Sólo estamos unidos a este mundo aparente de la materia por
nuestros cinco sentidos, como las cinco llagas que quedaron en Jesús
después de que fuera clavado a la cruz del mundo material. Esta cruz
sólo puede superarse convirtiéndola en vehículo del «renacimiento
espiritual».
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