La enfermedad como camino
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IV. LA
DIGESTIÓN
Con la
digestión ocurre algo muy parecido a lo de la respiración. Con la
respiración tomamos entorno, lo asimilamos y expulsamos lo no
asimilable. Otro tanto ocurre durante la digestión, si bien el
proceso digestivo se hunde más profundamente en la materia del
cuerpo. La respiración está regida por el elemento aire, mientras
que la digestión pertenece al elemento tierra, es más material. Pero
a la digestión le falta el ritmo perfectamente marcado de la
respiración. En el elemento pesado de la tierra, la cadencia del
proceso de asimilación y expulsión de los alimentos es menos
perceptible y rápida.
La
digestión también tiene una similitud con las funciones cerebrales,
ya que el cerebro (es decir, la mente) procesa y digiere los
elementos inmateriales de este mundo (porque no sólo de pan vive el
hombre). Por medio de la digestión, procesamos elementos materiales
de este mundo. La digestión abarca, pues:
1.
Captación del mundo exterior en forma de elementos materiales.
2.
Diferenciación entre lo asimilable y lo no asimilable.
3.
Asimilación de las sustancias asimilables.
4.
Expulsión de lo no digerible.
Antes de ocuparnos más detenidamente de los problemas que
pueden presentarse durante la digestión, es conveniente considerar
el simbolismo de la nutrición. Por los alimentos y comidas que
prefiere cada cual pueden descubrirse muchas cosas (dime lo que
comes y te diré quién eres). Será un buen ejercicio aguzar la mirada
y la mente, de manera que, incluso en los procesos más habituales y
rutinarios, podamos descubrir las relaciones —nunca fortuitas— que
hay detrás de los fenómenos aparentes. Si a una persona le apetece
algo determinado, ello expresa una preferencia y nos da un indicio
sobre la personalidad del individuo. Cuando algo «no le apetece»,
esta aversión es tan reveladora como una respuesta a un test
psicológico. El hambre se mueve por el afán de posesión, deseo de
absorción, por una cierta codicia. Comer es satisfacer el deseo por
medio de la ingestión, integración y asimilación.
El que
tiene hambre de cariño y no puede saciarla, manifiesta este afán en
el aspecto corporal en forma de hambre de golosinas. El hambre de
golosinas siempre expresa un hambre de cariño no saciada. Queda
patente el doble significado que se atribuye a lo dulce: cuando de
una chica guapa decimos que es un bombón y que está para comérsela.
El amor y lo dulce tienen una estrecha relación. El deseo de
golosinas en los niños es claro indicio de que no se sienten lo
bastante amados. Los padres suelen protestar de semejante imputación
diciendo que ellos «harían cualquier cosa por su hijo». Pero «hacer
cualquier cosa» no es forzosamente lo mismo que «amar». El que come
caramelos anhela amor y seguridad. Es más fiable esta regla que la
valoración de la propia capacidad de amar. También hay padres que
atiborran de golosinas a sus hijos, con lo que indican que no están
dispuestos a ofrecer amor a sus hijos, por lo que tratan de
compensarles de otro modo.
Las
personas que realizan un trabajo intelectual y tienen que pensar
mucho muestran preferencia por los alimentos salados y los platos
fuertes. Los muy conservadores tienen predilección por los alimentos
en conserva, especialmente los ahumados y el té cargado que beben
sin azúcar (en general, alimentos ricos en ácido tánico).
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