La enfermedad como camino
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VI. LA
BÚSQUEDA DE LAS CAUSAS
Nuestras
inclinaciones tienen una asombrosa habilidad para disfrazarse de
ideología.
HERMANN HESSE
Quizá
muchos se sientan perplejos ante nuestras consideraciones, ya que
nuestras opiniones parecen difíciles de conciliar con los dictámenes
científicos acerca de las causas de los más diversos síntomas. Desde
luego, en la mayoría de casos, se atribuye total o parcialmente a
determinados cuadros clínicos una causa derivada de un proceso
psíquico. Pero, ¿y el resto de enfermedades cuyas causas físicas han
sido inequívocamente demostradas?
Aquí nos
tropezamos con un problema fundamental, ocasionado por nuestros
hábitos de pensamiento. Para el ser humano se ha convertido en algo
completamente natural interpretar de forma causal todos los procesos
perceptibles y construir largas cadenas causales en las que causa y
efecto tienen una inequívoca relación. Por ejemplo, usted puede leer
estas líneas porque yo las escribí y porque el editor publicó el
libro y porque el librero lo vendió, etcétera. El concepto
filosófico causal parece tan diáfano y concluyente que la mayoría de
las personas lo consideran requisito indispensable del entendimiento
humano. Y por todas partes se buscan las más diversas causas para
las más diversas manifestaciones, esperando conseguir no sólo más
claridad sobre las interrelaciones sino también la posibilidad de
modificar el proceso causal. ¿Cuál es la causa de la subida de
precios, del paro, de la delincuencia juvenil? ¿Qué causa tiene un
terremoto o una enfermedad determinada? Preguntas y más preguntas,
con la pretensión de averiguar la verdadera causa.
Ahora
bien, la causalidad no es ni mucho menos tan clara y concluyente
como parece a simple vista. Incluso puede decirse (y quienes esto
afirman son cada vez más numerosos) que el afán del ser humano por
explicar el mundo por la causalidad ha provocado mucha confusión y
controversia en la Historia del pensamiento humano y acarreado
consecuencias que hasta hoy no han empezado a apreciarse. Desde
Aristóteles, el concepto de la causa se ha dividido en cuatro
categorías.
Así,
distinguimos entre la causa efficiens o causa del impulso; la causa
materialis, es decir, la que reside en la materia; la causa formalis,
la de la forma y, por último, la causa finalis, la causa de la
finalidad, la que se deriva de la fijación del objetivo.
Las
cuatro categorías pueden ilustrarse fácilmente con el clásico
ejemplo de la construcción de una casa. Para construir una casa se
necesita, ante todo, el propósito (causa finalis), luego el impulso
o la energía que se traduce, por ejemplo, en la inversión y la mano
de obra (causa efficiens), también se necesitan planos (causa
formalis) y, finalmente, material como cemento, vigas, madera, etc.
(causa materialis). Si falta una de estas cuatro causas,
difícilmente podrá realizarse la casa.
Sin
embargo, la necesidad de hallar una causa auténtica, primigenia,
lleva una y otra vez a reducir el concepto de los cuatro elementos.
Se han formado dos tendencias con conceptos contrapuestos. Unos
verían en la causa finalis la causa propiamente dicha de todas las
causas. En nuestro ejemplo, el propósito de construir una casa sería
premisa primordial de todas las otras causas. En otras palabras: el
propósito u objetivo representa siempre la causa de todos los
acontecimientos. Así la causa de que yo esté escribiendo estas
líneas es mi propósito de publicar un libro.
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