La enfermedad como camino
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V. EL SER
HUMANO ES UN ENFERMO
Un ermitaño
estaba sentado en su cueva, meditando, cuando un ratón se le acercó
y se puso a roerle la sandalia. El ermitaño abrió los ojos,
irritado.
—¿Por qué me molestas en mi meditación?
—Tengo
hambre —dijo el ratón.
—Vete de
aquí, necio —dijo el ermitaño—. Estoy buscando la unidad con Dios,
¿cómo te atreves a molestar?
—¿Cómo
quieres encontrar la unidad con Dios si ni conmigo puedes sentirte
unido?
Todas
las consideraciones hechas hasta aquí tienen por objeto inducirnos a
reconocer que el ser humano es un enfermo, no se pone enfermo. Ésta
es la gran diferencia existente entre nuestro concepto de la
enfermedad y el que tiene la medicina. La medicina ve en la
enfermedad una molesta perturbación del «estado normal de salud» y,
por lo tanto, trata no sólo de subsanarla lo antes posible sino,
ante todo, de impedir la enfermedad y, finalmente, desterrarla.
Nosotros deseamos indicar que la enfermedad es algo más que un
defecto funcional de la Naturaleza. Es parte de un sistema de
regulación muy amplio que está al servicio de la evolución. No se
debe liberar al ser humano de la enfermedad, ya que la salud la
necesita como contrapartida o polo opuesto.
La
enfermedad es la señal de que el ser humano tiene pecado, culpa o
defecto; la enfermedad es la réplica del pecado original, a escala
microcósmica. Estas definiciones no tienen absolutamente nada que
ver con una idea de castigo sino que sólo pretenden indicar que el
ser humano, al participar de la polaridad, participa también de la
culpa, la enfermedad y la muerte. En el momento en que la persona
reconoce estos hechos básicos, dejan de tener connotaciones
negativas. Sólo el no querer asumirlos, emitir juicios de valor y
luchar contra ellos les dan rango de terribles enemigos.
El ser
humano es un enfermo porque le falta la unidad. Las personas
totalmente sanas, sin ningún defecto, sólo están en los libros de
anatomía. En la vida normal, semejante ejemplar es desconocido.
Puede haber personas que durante décadas no desarrollen síntomas
evidentes o graves: ello no obstante, también están enfermas y
morirán. La enfermedad es un estado de imperfección, de achaque, de
vulnerabilidad, de mortalidad. Si bien se mira, es asombroso
observar la serie de dolencias que tienen los «sanos».
Brautigam, en su Lehrbuch für psychosomatische Medizin
(Tratado de medicina psicosomática) cuenta, con motivo de
«entrevistas mantenidas con obreros y empleados de una fábrica que
no estaban enfermos» que, «en un examen detenido, mostraron
afecciones físicas y psíquicas casi en la misma proporción que los
internos de un hospital». En el mismo libro, Brautigam incluye
la siguiente tabla estadística correspondiente a una investigación
realizada por E. Winter (1959):
% de
afecciones de 200 empleados sanos entrevistados
|
Trastornos generales |
43,5% |
|
Dolor
de estómago |
37,5% |
|
Estados de ansiedad |
26,5% |
|
Faringitis frecuentes |
22,0% |
|
Mareos, vértigo |
17,5% |
|
Insomnio |
17,5% |
|
Diarrea |
15,0% |
|
Estreñimiento |
14,5% |
|
Sofocos |
14,0% |
|
Pericarditis, taquicardia |
13,0% |
|
Dolor
de cabeza |
13,0% |
|
Eccema |
9,5% |
|
Dispepsia |
5,5% |
|
Reumatismo |
5,5% |
Edgar
Heim, en su libro Krankheit als Krise un Chance dice: «Un
adulto, en veinticinco años de vida, padece por término medio una
enfermedad muy grave, veinte graves y unas doscientas menos graves.»
Deberíamos desterrar la ilusión de que es posible evitar o
eliminar del mundo la enfermedad. El ser humano es una criatura
conflictiva y, por lo tanto, enferma. La Naturaleza cuida de que, en
el curso de su vida, el ser humano se adentre más y más en el estado
de la enfermedad al que la muerte pone broche final. El objetivo de
la parte física es el destino mineral. La Naturaleza, de forma
soberana, cuida de que, con cada paso que da en su vida, el ser
humano se acerque a este objetivo. La enfermedad y la muerte
destruyen las múltiples ilusiones de grandeza del ser humano y
corrigen cada una de sus aberraciones.
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