La enfermedad como camino
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III.
LA SOMBRA
Toda la Creación existe en ti y todo lo que hay en ti existe también
en la Creación. No hay divisoria entre tú y un objeto que esté muy
cerca de ti, como tampoco hay distancia entre tú y los objetos
lejanos. Todas las cosas, las más pequeñas y las más grandes, las
más bajas y las más altas, están en ti y son de tu misma condición.
Un solo átomo contiene todos los elementos de la Tierra. Un solo
movimiento del espíritu contiene todas las leyes de la vida. En una
sola gota de agua se encuentra el secreto del inmenso océano. Una
sola manifestación de ti contiene todas las manifestaciones de la
vida.
KAHIL GIBRÁN
El
individuo dice «yo» y con esta palabra entiende una serie de
características: «Varón, alemán, padre de familia y maestro. Soy
activo, dinámico, tolerante, trabajador, amante de los animales,
pacifista, bebedor de té, cocinero por afición, etc.» A cada una
de estas características precedió, en su momento, una decisión, se
optó entre dos posibilidades, se integró un polo en la identidad y
se descartó el otro. Así la identidad «soy activo y trabajador»
excluye automáticamente «soy pasivo y vago». De una
identificación suele derivarse rápidamente también una valoración:
«En la vida hay que ser activo y trabajador; no es bueno ser
pasivo y vago.» Por más que esta opinión se sustente con
argumentos y teorías, esta valoración no pasa de subjetiva.
Desde el
punto de vista objetivo, esto es sólo una posibilidad de plantearse
las cosas—y una posibilidad muy convencional—. ¿Qué pensaríamos de
una rosa roja que proclamara muy convencida: «Lo correcto es
florecer en rojo. Tener flores azules es un error y un peligro.»
El repudio de cualquier forma de manifestación es siempre señal de
falta de identificación (... por cierto que la violeta, por su
parte, no tiene nada en contra de la floración azulada).
Por lo
tanto, cada identificación que se basa en una decisión descarta un
polo. Ahora bien, todo lo que nosotros no queremos ser, lo que no
queremos admitir en nuestra identidad, forma nuestro negativo,
nuestra «sombra». Porque el repudio de la mitad de las
posibilidades no las hace desaparecer sino que sólo las destierra de
la identificación o de la conciencia.
El «no»
ha quitado de nuestra vista un polo, pero no lo ha eliminado. El
polo descartado vive desde ahora en la sombra de nuestra conciencia.
Del mismo modo que los niños creen que cerrando los ojos se hacen
invisibles, las personas imaginan que es posible librarse de la
mitad de la realidad por el procedimiento de no reconocerse en ella.
Y se deja que un polo (por ejemplo, la laboriosidad) salga a la luz
de la conciencia mientras que el contrario (la pereza) tiene que
permanecer en la oscuridad donde uno no lo vea. El no ver se
considera tanto como no tener y se cree que lo uno puede existir sin
lo otro.
Llamamos
sombra (en la acepción que da a la palabra C. G. Jung) a la
suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no
reconoce o no quiere reconocer en sí y que, por consiguiente,
descarta. La sombra es el mayor enemigo del ser humano: la tiene y
no sabe que la tiene, ni la conoce. La sombra hace que todos los
propósitos y los afanes del ser humano le reporten, en última
instancia, lo contrario de lo que él perseguía. El ser humano
proyecta en un mal anónimo que existe en el mundo todas las
manifestaciones que salen de su sombra porque tiene miedo de
encontrar en sí mismo la verdadera fuente de toda desgracia. Todo lo
que el ser humano rechaza pasa a su sombra que es la suma de todo lo
que él no quiere. Ahora bien, la negativa a afrontar y asumir una
parte de la realidad no conduce al éxito deseado. Por el contrario,
el ser humano tiene que ocuparse muy especialmente de los aspectos
de la realidad que ha rechazado. Esto suele suceder a través de la
proyección, ya que cuando uno rechaza en su interior un principio
determinado, cada vez que lo encuentre en el mundo exterior
desencadenará en él una reacción de angustia y repudio.
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