La enfermedad como camino
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XIV. CÁNCER
(TUMORACIÓN MALIGNA)
Para
comprender el cáncer hay que dominar el pensamiento analógico.
Tenemos que tomar conciencia de la circunstancia de que todo lo que
nosotros percibimos o definimos como unidad (una unidad entre
unidades) es, por un lado, parte de una unidad mayor y, por otro
lado, está compuesta por otras muchas unidades. Por ejemplo, un
bosque (como unidad definida) es, por un lado, parte de una unidad
mayor, «paisaje», y, por otro, está compuesto por muchos
«árboles» (unidades menores). Lo mismo puede decirse de «un
árbol». Es parte del bosque y, a su vez, se compone de tronco,
raíces y copas. El tronco es al árbol lo que el árbol es al bosque o
el bosque al paisaje.
Un ser humano es parte de la Humanidad y está compuesto de
órganos que, a su vez, se componen de muchas células. La Humanidad
espera del individuo que se comporte de la manera más adecuada para
el desarrollo y supervivencia de la especie. El ser humano espera de
sus órganos que funcionen de la manera mejor para asegurar su
supervivencia. El órgano espera de sus células que cumplan con su
cometido tal como exige la supervivencia del órgano.
En esa
jerarquía que aún podría prolongarse hacia uno y otro lado, cada
unidad individual (célula, órgano, individuo) está siempre en
conflicto entre la vida propia personal y la supeditación a los
intereses de la unidad superior. Cada organización compleja
(Humanidad, Estado, órgano) se basa para su buen funcionamiento en
que la mayoría de las partes se sometan a la idea común y la sirvan.
Normalmente, todo sistema soporta la separación de algunos de sus
miembros sin peligro para la totalidad. Pero existe un límite y, si
éste es superado, el conjunto corre peligro.
Un
Estado puede apartar a unos cuantos ciudadanos que no trabajen, que
tengan un comportamiento antisocial o que combatan al Estado. Pero,
cuando este grupo que no se identifica con los objetivos del Estado
crece y alcanza una magnitud determinada, constituye un peligro para
el todo y, si llega a conseguir la superioridad, puede poner en
peligro la existencia del todo. Desde luego, el Estado tratará
durante mucho tiempo de protegerse contra este crecimiento y de
defender su propia existencia, pero cuando estos intentos fracasen
su caída es segura. La mejor política consiste en atraer a los
grupitos de ciudadanos disidentes a los objetivos del bien común,
proporcionándoles buenos incentivos. A la larga, la represión
violenta o la expulsión casi nunca tienen éxito sino que favorecen
el caos. Desde el punto de vista del Estado, las fuerzas opositoras
son enemigos peligrosos que no tienen más objetivo que destruir el
orden y propagar el caos.
Esta
visión es correcta, pero sólo desde este punto de vista. Si
preguntáramos a los insurgentes oiríamos otros argumentos no menos
correctos, desde su punto de vista. Lo cierto es que ellos no se
identifican con los objetivos y conceptos de su Estado sino que
propugnan sus propias ideas e intereses que quieren ver realizados.
El Estado quiere obediencia y los grupos quieren libertad para
realizar sus propias ideas. Se puede comprender a unos y otros, pero
no es fácil dar gusto a ambos al mismo tiempo sin hacer sacrificios.
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