La enfermedad como camino
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XIII.
SÍNTOMAS PSÍQUICOS
Bajo
este epígrafe queremos referirnos a ciertos trastornos frecuentes
que habitualmente se califican de «psíquicos». De todos modos,
deseamos hacer constar que, desde nuestro punto de vista, tal
denominación tiene poco sentido. En realidad, no es posible trazar
una línea divisoria clara entre los síntomas somáticos y psíquicos.
Todo síntoma tiene un contenido psíquico y se manifiesta a través
del cuerpo. También la ansiedad y las depresiones utilizan el cuerpo
para manifestarse. Estas correlaciones somáticas, sin embargo,
proporcionan también a la psiquiatría académica la base para sus
tratamientos farmacológicos. Las lágrimas de un paciente depresivo
no son «más psíquicas» que el pus o la diarrea. La diferencia, en el
mejor de los casos, está justificada en los puntos finales del
continuo, en los que compara una degeneración orgánica con una
alteración psicótica de la personalidad. Pero cuanto más nos
alejamos de los extremos hacia el centro, más difícil es encontrar
la divisoria, aunque tampoco el examen de los extremos justifica la
diferenciación entre lo «somático» y lo «psíquico» ya
que la diferencia sólo reside en la forma de manifestación del
símbolo. El cuadro del asma se diferencia de la amputación de una
pierna tanto como de la esquizofrenia. La distinción entre
«somático» y «psíquico» provoca más confusión que
claridad.
Nosotros
no vemos necesidad para esta diferenciación, ya que nuestra teoría
es aplicable a todos los síntomas sin excepción. Los síntomas pueden
servirse de las más diversas formas de expresión, desde luego, pero
todos necesitan del cuerpo, a través del cual el factor psíquico se
hace visible y experimentable. De todos modos, el síntoma, ya sea
pena o el dolor de una herida, se experimenta en la mente. En la
Primera Parte, hemos señalado ya que todo lo individual es síntoma y
que el término enfermo o sano responde a una valoración subjetiva.
El llamado aspecto psíquico no es excepción.
También
aquí tenemos que librarnos de la idea de que existe el
comportamiento normal y el anormal. La normalidad es expresión de
una frecuencia estadística, por lo que no puede entenderse ni como
concepto clasificador ni como medida de valor. La normalidad, desde
luego, hace disminuir la ansiedad pero es contraria a la
individualización. La defensa de una normalidad es una pesada
hipoteca de la psiquiatría tradicional. Una alucinación no es ni más
real ni más irreal que cualquier otra percepción. Sólo le falta ser
reconocida por la colectividad. El «enfermo psíquico»
funciona según las mismas leyes psicológicas que todas las personas.
El enfermo que se siente perseguido o amenazado por asesinos
proyecta su propia sombra agresiva al entorno lo mismo que el
ciudadano que reclama penas más severas para los delincuentes o que
tiene miedo de los terroristas. Toda proyección es ilusión, por lo
que huelga preguntar hasta dónde es normal una ilusión y a partir de
dónde es enfermiza.
El
enfermo psíquico y el sano psíquico son puntos terminales teóricos
de un continuo que resulta de la interrelación entre el conocimiento
y la sombra. En el llamado psicótico tenemos la forma extrema de una
represión bien lograda. Cuando todas las vías y campos posibles para
vivir la sombra están totalmente cerrados, en un momento dado,
cambia el predominio y la sombra pasa a gobernar por completo la
personalidad. Para ello anula la parte de la conciencia que ha
dominado hasta ahora, y se resarce con gran energía de la represión
sufrida, viviendo intensamente todo lo que la otra parte del
individuo no se había atrevido a asumir. Así, los moralistas
rigurosos se convierten en exhibicionistas obscenos, los pusilánimes
dulces, en bestias furiosas y los perdedores resignados, en
megalómanos exaltados.
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