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Definición y síntomas
Las personas que desarrollan
este trastorno no pueden integrar lo sucedido en su memoria.
Es decir, el trauma no ha llegado a formar parte de su
pasado, sino que continua permaneciendo presente en su vida
psíquica. Los recuerdos no se modifican con el paso del
tiempo ni pierden su carga emocional, como suele suceder
normalmente, sino que permanecen con la misma viveza y
sensación de realidad a pesar del paso del tiempo, “como si
hubiera sucedido ayer”.
Los síntomas son los siguientes:
Reexperimentación. Consiste en volver a revivir en
su mente lo sucedido, a través de pensamientos, recuerdos o
imágenes mentales relacionadas con el trauma que aparecen en
su mente sin que pueda controlarlo cuando se encuentra en un
estado de alerta o cuando la víctima está expuesta a
situaciones que le recuerdan el trauma. También tienden a
revivirlo en forma de pesadillas que escenifican el trauma o
bien expresan lo que siente la víctima, aunque no guarden
relación directa con lo sucedido, como cuando sueñan que son
sepultados por una enrome masa de agua durante un maremoto.
A veces se producen flashbacks, durante los cuales tienen la
sensación de estar viviendo de nuevo todo lo que pasó.
También pueden sentir sensaciones físicas parecidas a las
que sintieron entonces. Estas reexperimentaciones van
acompañadas de emociones intensas como pánico y rabia,
sensación de gran peligro (con ansiedad), deseo de escapar o
deseo de defenderse atacando a alguien.
También pueden reaccionar ante los recuerdos mediante
síntomas físicos, como agitación, temblores, sudoración,
taquicardias.
Reexposición compulsiva al trauma. De un modo que
no logran explicar, tienden a buscar situaciones que les
recuerdan el trauma vivido. Por ejemplo, las mujeres que han
sido maltratadas en la infancia tienden a convivir con
hombres maltratadores, las niñas que han sufrido abusos
sexuales tienen más probabilidades de dedicarse a la
prostitución o los niños que han sido maltratados en la
infancia tienen más probabilidades de ser maltratadores en
la edad adulta. Una posible explicación es que estas
personas tienen la sensación de haber fracasado ante dicha
situación y buscan revivirla para intentar controlarla y
salir indemnes de ella.
Evitación y embotamiento. Debido al malestar que
sienten ante los recuerdos, tratan de evitar cualquier
situación, persona o conversación que pudiera recordarles el
trauma. Cuando van por la calle temen que pueda volver a
repetirse, de modo que algunos pueden llegar a desarrollar
agorafobia. Conforme pasa el tiempo, son cada vez más las
cosas que les recuerdan lo sucedido, debido a que se van
estableciendo asociaciones entre unas y otras; empiezan a
sentirse acosados por lo sucedido pero, paradójicamente,
cuando más tratan de huir más parecen perseguirles los
recuerdos. Esta huida llega a dar lugar a un embotamiento de
los sentidos, en un intento de dejar de sentir cualquier
cosa para no sentir más dolor emocional. Las emociones, sean
positivas o negativas, llegan a ser una amenaza, de modo que
dejan de sentirlas, se distancian del resto de las personas,
incluidas sus familias, parejas o amistades, el mundo
exterior empieza a perder su viveza y se transforma en algo
frío y distante que no les produce ninguna reacción
especial. Se sienten vacíos por dentro, como muertos en vida
y pierden el interés en cosas o actividades con las que
antes disfrutaban.
Hipervigilancia. Reacciona intensamente ante
estímulos irrelevantes. El sonido del teléfono, cualquier
golpe inesperado, una palmada en la espalda, etc. los hace
sobresaltarse bruscamente. Se encuentran en un constante
estado de alerta, percibiendo mundo de un modo hostil y
amenazante. Tienen problemas para dormir, irritabilidad,
nerviosismo y estallidos violentos. El continuo estado de
activación los distancia tanto de sus emociones como de sus
sensaciones corporales.
Síntomas secundarios. Son síntomas que se producen
como consecuencia de los anteriores.
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Agresividad y rabia hacia los demás o hacia sí mismos. Debido a su necesidad de defenderse, al hecho de no poder controlar sus síntomas y al estado de alerta en que se encuentran.
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Culpa y vergüenza. Suelen aparecer cuando empiezan a pensar que deberían haber hecho algo, que si no hubiesen hecho tal o cual cosa tal vez lo habrían evitado. En parte, esto es debido a una necesidad de control: si se consideran responsables pueden pensar que hay algo que pueden hacer para evitarlo si vuelve a suceder, que no están totalmente a la merced de su agresor. De hecho, este es un mecanismo de protección bastante extendido que a veces lleva a las personas a culpar a la víctima para poder seguir pensando que puede evitarse, que a ellos o a sus seres queridos no les pasará algo así porque sabrán impedirlo. Pero lo cierto, es que muchas veces es imposible controlar el comportamiento de otras personas.
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Problemas para relacionarse. Les resulta difícil volver a confiar en los demás. Su embotamiento emocional puede impedirles sentir cercanía emocional hacia otras personas. Su necesidad de estar en guardia y defenderse puede impedirles dejarse llevar en situaciones íntimas con sus parejas, pues eso requeriría bajar la guardia, lo cual puede dejarlos a merced de ese mundo que perciben como hostil, un lugar en el que pueden pasar cosas terrible, pero no a los demás, como suele creer la mayoría de las personas, sino a ellos mismos, sin previo aviso y sin que puedan hacer nada para evitarlo. Pueden acabar aislándose del resto de las personas y del mundo.
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