La ruptura de una relación y el despecho
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El despecho es como el dolor de una herida que tiene que
cicatrizar.
En el despecho, los sentimientos y emociones que conllevan las
rupturas al igual que las circunstancias que las rodean son muy
semejantes a las que se experimentan con la pérdida de un ser
querido. Por muy doloroso que sea, es un fenómeno normal con una
evolución y sus fases. Es un período denominado duelo, en el
cual uno tiene que adaptarse a vivir y a ser feliz de nuevo sin la
persona amada.
Ante la pérdida sentimos que nuestro mundo, nuestra vida, se
transforma, ya nada es igual. Nuestros sentimientos tienden a
determinar nuestro humor, nuestras actitudes y nuestras decisiones.
Nos sentimos inmersos en un laberinto de confusión y angustia que
pareciera no tener fin. Hay momentos en que nos sentimos mejor, pero
llegan otros momentos en que vuelve la angustia y la tristeza.
Podemos sentir aturdimiento, represión, soledad, frustración,
pánico, rabia, culpa, alivio, apatía, intranquilidad, cambios de
humor, paralizamos nuestras actividades, desarrollamos la esperanza
de una reconciliación o de una satisfacción. Sentimos
desorganización y desesperación por la pérdida sufrida. Tenemos
síntomas de estrés como fatiga, insomnio, dolor de cabeza,
pesadillas, problemas en el estómago, sensación de un nudo en la
garganta. Desinterés, falta de concentración, no se para de hacer
algo, apatía, imágenes que de pronto vienen a la mente sin quererlo,
sin que nos demos cuenta y crean intranquilidad y angustia. Tenemos
la sensación de oír o ver al ser amado sin que éste esté presente,
sin quererlo, sin desearlo.
Con el paso del tiempo las emociones se tranquilizan y vemos las
cosas de una manera mas realista. Vamos sintiéndonos más
independientes, menos tristes, menos resentidos, menos culpables y
vamos encontrando nuevas formas de disfrutar.
El duelo por la pérdida no se puede resistir. Es un proceso que va
elaborándose poco a poco y no es fácil ni inmediato, ni tampoco es
igual para todas las personas. Hay que asimilarlo, comprenderlo,
aprender a superarlo. Es como el dolor de una herida abierta que
tenemos que soportar, que necesita lavarse y curar para que comience
a cicatrizar.
No es fácil atravesarlo, pero es importante saber que como toda
vivencia dolorosa, algún día pasará y será sólo un recuerdo, una
cicatriz que probablemente molestará de vez en cuando. Recuperarnos
depende de nosotros mismos. Solo requiere de tiempo, energías y
voluntad para resolverlo. Con el tiempo y la confianza que tengamos
en nuestros recursos para salir adelante, aprendiendo a vivir sin la
persona amada y abriéndonos a nuevas relaciones, poco a poco, la
herida se irá cerrando.
Nos podemos demorar algún tiempo y esto depende de nuestra
personalidad, de la intensidad y calidad de nuestros sentimientos,
de las circunstancias que nos llevaron a la ruptura, del apoyo y
comprensión que encontramos en amigos y en familiares, del poder
comunicar nuestros pensamientos, nuestras ideas y sentimientos a los
demás con libertad y confianza y sin temores. De poder afrontar y
resolver los problemas que suceden al mismo tiempo y que podrían
empeorar nuestra situación. De enfrentar la realidad con autonomía,
con libertad, aceptando nuestros errores y dificultades, sin
idealizar a la persona, sin idealizar nuestra relación. Viéndonos a
nosotros mismos tal como somos, sin afeites, sin poses. Retomando
nuestra vida, aceptándonos tal como somos, con nuestros defectos,
con nuestras virtudes. Queriéndonos a nosotros mismos y abriéndonos
a las oportunidades con fe y esperanza en el futuro. Perdonando y
olvidando sin rencor, sin pena, sin culpa, volveremos a amar y a ser
amados.
Enfrenta la realidad.
Busca soluciones.
Toma decisiones.
Así irás colocando la cura que necesitas
para que tu herida cicatrice.
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