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Rubor facial y fobia social
Las personas con fobia social son especialmente sensibles a las críticas de los demás y tienen una percepción inapropiada de lo que constituye una violación de los códigos sociales, de manera que se ven a sí mismas cometiendo transgresiones sociales con más frecuencia que el resto de las personas.
Estas personas son más conscientes de sí mismas en situaciones sociales, se vigilan y observan de cerca su comportamiento y cualquier pequeña trasgresión social a la que otras personas no darían importancia, es vista por ellos como un acto vergonzoso o humillante que puede desencadenar el rubor facial. Es decir, el problema está en su modo de pensar y el modo como se perciben a sí mismos y su comportamiento. Por ejemplo, mientras que la mayoría de las personas considera que sonarse la nariz en público es un acto sin importancia, una persona con fobia social, puede considerarlo vergonzoso, o una muestra de su imperfección. Es decir, suelen ser personas muy perfeccionistas y exigentes consigo mismas.
La percepción de una reacción
negativa por parte de los demás, a menudo desencadena el
rubor facial en las personas con fobia social. Por lo
general, cuando una persona es observaba haciendo algo que
considera vergonzoso o inmoral, se produce el rubor facial.
La función evolutiva del rubor consiste en mostrar a los
demás que es consciente de que ha cometido una trasgresión y
se siente mal por ello. De modo que el rubor facial tiene
una función social que está indicando al grupo que conoces
las normas y te arrepientes de haberlas quebrantado. No
obstante, la persona con fobia social considera
trasgresiones sociales una multitud de actos que, en
realidad, no lo son.
Ser el centro de atención de los demás puede desencadenar el rubor facial, incluso aunque no se trate de una atención negativa por parte de los demás. Ser el centro de atención pone a una persona bajo la mirada de los demás, y esta mirada puede volverse crítica, rechazadora o humillante.
La persona que se ruboriza reacciona negativamente ante este hecho, y se siente avergonzada por ello. Esto hace que su ansiedad aumente, y la ansiedad puede provocar un mayor rubor. De este modo, puede tener miedo de verse en situaciones en las que previamente se ha ruborizado.
Este miedo hace que se sienta ansiosa, de modo que el mismo
miedo al rubor facial puede acabar provocándolo,
estableciéndose así un círculo vicioso. Por lo general, el
rubor facial ha comenzado en la infancia o la adolescencia,
edad en la que es frecuente ser objeto de burlas cuando los
demás observan el enrojecimiento de la cara. Esto hace que
la persona se sienta avergonzada y humillada y perciba el
rubor de un modo especialmente negativo, como fuente de
desprecio y rechazo por parte de los demás. Esto puede hacer
que sienta un miedo especialmente intenso a que el rubor
llegue a ocurrir, pudiendo incluso llegar a evitar
situaciones en las que considera que podría ruborizarse.
Dado que el propio miedo al rubor genera una ansiedad que
puede llegar a hacer que el temido rubor aparezca, las
situaciones temidas pueden ser cada vez más numerosas, y
este miedo puede mantenerse en la edad adulta. El miedo a
ruborizarse recibe el nombre de eritrofobia.
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