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BTF: baja tolerancia a la frustración
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Introducción
Algunas personas no son
capaces de tolerar la más mínima molestia, contratiempo o
demora en la satisfacción de sus deseos y no soportan ningún
sentimiento o circunstancia desagradable. Es decir, no
toleran el hecho de sentirse frustrados.
En los niños más pequeños, este es un comportamiento
normal. Algo que no resulta extraño si tenemos en cuenta que
los deseos de los bebés están relacionados con necesidades
fisiológicas básicas, como alimentarse, dormir, etc. A esta
edad es importante que los deseos de los niños se satisfagan
de inmediato, porque esto les proporciona una sensación de
seguridad y estabilidad que es muy importante para su
desarrollo emocional.
A medida que crecen se van dando cuenta de que no siempre
pueden tener sus deseos satisfechos de inmediato y van
aprendiendo a tolerar y aceptar cierta molestia o demora en
la realización de sus deseos como algo inevitable. Es decir,
aprenden, en mayor o menor medida, a tolerar la frustración
al mismo tiempo que van adquiriendo mayor autonomía y mayor
capacidad para manejar el entorno que les rodea y contribuir
por sí mismos a la satisfacción de sus deseos en vez de
esperar pasivamente a que otros lo hagan por ellos. Poco a
poco van aprendiendo que hay ciertas limitaciones en ellos y
en el ambiente que les rodea, así como normas, costumbres,
leyes, etc.
Pero, por supuesto, no siempre sucede así. Otros niños
siguen actuando como si todos sus deseos fuesen necesidades
orgánicas tan poderosas y urgentes como comer, respirar o
saciar la sed. No aceptan que sus deseos no sean satisfechos
de inmediato, no quieren esperar ni saben sustituir un deseo
no realizable por otro realizable, como conformarse con un
juguete diferente cuando el que desean no está disponible.
Cuando no consiguen lo que quieren son capaces de armar un
verdadero escándalo: patalean, lloran, se tiran al suelo,
como un modo de exigir que sus deseos se satisfagan de
inmediato.
Aunque este comportamiento puede ser más frecuente en niños,
también se da en mayor o menor medida en los adultos,
quienes consideran que sus propias necesidades están por
encima de cualquier otra cosa o persona, incluidas las leyes
o las normas sociales. No soportan que las cosas no salgan
como ellos quieren, cometer un error es algo terrible,
fracasar inadmisible, que llueva durante su día de acampada
es una injusticia que no debería suceder nunca, ser
rechazado, no conseguir el trabajo deseado, no lograr un
ascenso, que los demás no se comporten del modo apropiado...
Todas esas cosas que a las persona con adecuada tolerancia a
la frustración les resultan simplemente molestas,
inconvenientes o desagradables, para ellos son como
verdaderas catástrofes.
Como expresa el psicólogo cognitivo Albert Ellis: “mientras
que la persona menos perturbada desea firmemente lo que
quiere y lo siente de forma apropiada y se molesta si sus
deseos no quedan satisfechos, la persona más perturbada
exige, insiste, impera u ordena dogmáticamente que sus
deseos se satisfagan y se pone exageradamente angustiada,
deprimida u hostil cuando no quedan satisfechos”.
La baja tolerancia a la frustración implica una sensibilidad
excesiva hacia todo lo desagradable, que funciona como una
lente de aumento, magnificando el lado malo de cada
situación. Lo feo es espantoso, lo malo es horrible, lo
molesto es insoportable. De este modo la vida de estas
personas está llena de tragedias y acontecimientos
estresantes. Con frecuencia se sienten de mal humor,
agitados, ansiosos, tristes, resentidos, humillados o
enfadados con el mundo que debería estar ahí para satisfacer
todos sus deseos. Se sienten víctimas, se quejan
continuamente, culpan a los demás y al mundo.
Por supuesto, esos sentimientos horribles e insoportables
han de ser evitados a toda costa. Se centran más en el
ahora, en eliminar ese malestar en el momento en que aparece
en vez de centrarse en el bienestar que conseguirían a largo
plazo si lograran tolerar la frustración.
