*Buscando
un final
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Mientras el humo de la chimenea se abría camino
entre las gotas de lluvia, la anciana comenzó a contar su historia
con una voz tan joven como sus ojos, a pesar de su cuerpo gastado y
encorvado y las innumerables arrugas que peinaban su rostro hacia la
tierra. Ella lucía esas arrugas con orgullo, diciendo que eran
consecuencia del abrazo de la tierra, que
nos llama de nuevo hacia ella para hacernos inmortales y darnos así, a
través de la caída, la vida y la belleza eternas.
Su
historia acontecía en una pequeña isla de un lugar desconocido y su
protagonista era una mujer joven y soñadora, cuyos sueños, a ojos de
muchos irrealizables, dominaban su vida sumiéndola en un estado de
desasosiego y añoranza, como si en algún momento de su vida le hubiesen
arrebatado algo que le pertenecía y que era lo único en este mundo que
podía mostrarle y hacerle sentir la verdadera felicidad. Mientras tanto,
una extraña tristeza, entrelazada con la alegría que le prestaba una
esperanza nunca consumida (pues la esperanza es el lago que nunca se seca
por mucho que bebamos de sus aguas) le daban un aspecto distante y sonámbulo,
como si no estuviera del todo despierta.
"Así
iban transcurriendo sus días", dijo la anciana. Y luego, súbitamente,
se detuvo. Todos guardamos silencio, esperando que reanudara la historia,
pensando que, tal vez, su memoria empezaba a fallarle y necesitaba un
momento para recordar. Pero su memoria era excelente. Simplemente se había
detenido y me miró, durante unos segundos, con unos ojos cuya intensidad
paralizó mi cuerpo.
-
¿Qué pasó después? - le pregunté.
-
Aún no ha pasado. Esto sucedió hace muchos años y ella sigue
observando el mar y esperando, pero nada ha sucedido desde entonces.
Cuando
me liberó de su mirada, mientras el profundo silencio que invadió la
habitación se veía únicamente perturbado por la lluvia y el fuego, sentí
un escalofrío de tristeza recorrer mi piel palmo a palmo y comprimir
todos los músculos de mi cuerpo en una especie de espasmo invisible pero
terriblemente doloroso. Necesitaba conocer el final de esa historia pero,
igual que los demás, me uní al silencio y no pronuncié palabra alguna.
Aquella
noche, intentando dormir sin conseguirlo, conocí la trampa de la
esperanza, que, si bien es unas veces una poderosa fuerza que, inagotable,
nos impulsa hacia destinos mejores, otras veces, cuando las aguas que la
alimentan están hechas de espejismos inagotables e irreales, se convierte
en la trampa que detiene la vida y el tiempo y detiene la historia,
nuestra historia, aquella de la que nunca podremos contar el final.