Psicología / Relato
terapéutico
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El relato terapéutico
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Buscando un final
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Ellos siempre contaban
historias; siempre tenían historias para cualquier ocasión.
Historias acerca de las cosechas, de la lluvia, del viento,
del ganado, de los árboles, de los isleños solitarios.
Formaban una familia de la tierra; una tierra que podía
verse reflejada en su piel; en sus ojos del color del suelo
fértil, surcados, como él, por extensos ríos o pequeños
riachuelos que bajaban desde la cumbre de las montañas,
trazando su camino fácilmente, hasta las vastas llanuras que
eran su hogar. Desde el pie de las montañas hacia la costa
ni un sólo árbol se alzaba en ellas y podías cabalgar
durante mucho tiempo sin que nada ocultase el horizonte.
Contemplar aquella inacabable belleza verde suscitaba en mí
una sensación de grandeza, de eternidad y, sobre todo, de
libertad absoluta llevada hasta unos límites que transforman
esta palabra en un aliento vital, eufórico, exultante.
Cuando se iba la luz, algo que sucedía a menudo a causa de
las fuertes tormentas invernales, era uno de los mejores
momentos para escuchar sus historias. Iluminados por las
velas y el fuego de la chimenea, nos sentábamos, con una
copa de vino en las manos, a escuchar los relatos que
narraban los más ancianos de la familia y que luego
contarían, a su vez, sus hijos y sus nietos.
Aquella oscura tarde, ella, la más anciana de todos, contó
una historia que nadie había contado antes. Por algún motivo
que sólo ella conoce se había guardado para sí ese relato
durante ochenta y dos años, desde el día en que, a los diez
años de edad, alguna persona, probablemente tan vieja como
era ella, se lo contase durante su fatigoso caminar al Nuevo
Mundo, huyendo del hambre y la opresión, en busca de la
libertad que pudo respirar por primera vez en estas tierras.
Supongo que decidió que el momento de contarlo había
llegado, aunque no puedo evitar pensar, al recordar sus
penetrantes ojos grises fijos en mí, que era yo el motivo
por el que esa historia debía ser contada aquella tarde, en
aquel momento, mientras la lluvia golpeaba y mojaba
rítmicamente una tierra que nunca estaba demasiado sedienta.
"Una tierra feliz y sonriente", decían ellos. "Puedes saber
si la tierra sonríe cuando caminas sobre ella con los ojos
cerrados y los pies descalzos y dejas que sus espíritus
suban por tus pies hasta encontrar el lugar que conecta con
tu alma".
- ¿Y dónde está ese lugar? - le pregunté una vez.
- La tierra lo sabe.
