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Esta tendencia procede tanto de factores genéticos como de los patrones de interacción familiar, que llevan a una persona a aprender a reaccionar ante las dificultades, los acontecimientos estresantes o los traumas, suprimiendo la manifestación de sus necesidades y sentimientos. Así, suprimen sus propias necesidades en favor de las de las otras personas, las cuales sitúan por encima de las propias. Eso conlleva la eliminación de emociones negativas (enfado, ira, desagrado, injusticia, frustración, etc.) mostrándose sumiso, cooperativo y tranquilo.
En condiciones normales, cuando no existen acontecimientos
especialmente estresantes, las buenas relaciones que logra
tener con los demás, pueden compensar el malestar originado
por la supresión de sus necesidades. Sin embargo, el bloqueo
excesivo de la expresión de los sentimientos y necesidades
tiene consecuencias negativas para la salud física y mental,
sobre todo cuando los deseos o sentimientos que suprime son
muy intensos (por ejemplo, en situaciones altamente injustas
o estresantes).
Esto crea una gran tensión interna y estrés, que originan
emociones negativas ante las cuales reacciona del mismo
modo, suprimiéndolas y mostrando una fachada de normalidad y
autosuficiencia a pesar de sentir un gran desamparo. De
hecho, pueden llegar a ignorar incluso síntomas físicos, así
como sentimientos de soledad, tristeza, miedo, etc. Así, la
persona comienza a sentirse deprimida, pero esta depresión
no se debe a un acontecimiento concreto, sino que se debe a
la sobrecarga acumulada de necesidades y sentimientos sin
expresar.
Cuando la persona se ve sobrecargada por el estrés
acumulado, se da cuenta de que no puede continuar, y tiende
a reaccionar de tres modos diferentes:
a) Comienza a cambiar y a desarrollar un estilo más adecuado
de afrontamiento de los acontecimientos estresantes.
b) La fachada se derrumba y su desesperanza se hace
manifiesta.
c) Continua utilizando el mismo patrón tipo C, lo cual le
crea cada vez más tensión.
Tanto la depresión como el desamparo o desesperanza son
capaces de reducir la función de las células NK y, de este
modo, influir sobre la aparición, desarrollo y recurrencia
del cáncer.
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