
Desarrollo del lenguaje
Al principio de la niñez intermedia,
los niños pueden conversar fácilmente sobre muchas cosas, pero
todavía existen muchas palabras que desconocen y no comprenden bien
muchas sutilezas del lenguaje. Por ejemplo, supongamos que le
decimos a un niño una de estas dos frases: "Carlos le prometió a
Laura cortar el césped", o bien: "Carlos pidió a Laura que cortara
el césped". Aunque en el primer caso es Carlos quien cortará el
césped y en el segundo es Laura, los niños creen que es Laura quien
cortará el césped en ambos casos. Esto es debido a que casi todos
los verbos que podrían sustituir a pidió en la segunda frase
(como exigió, ordenó o solicitó) tendrían como resultado que Laura
cortara el césped.
La mayoría de los niños de seis años
de edad aún no han aprendido cómo manejar frases en las que se
utiliza la forma prometió, aunque sepan lo que es una promesa
y puedan emplear correctamente la palabra en otras frases. A los
ocho años, la mayoría de los niños ya pueden interpretar
correctamente la primera oración.
Muchos de los problemas de los niños
para comunicarse procede de su desconocimiento de la
metacomunicación, que es el conocimiento de cómo se realiza la
comunicación. Por ejemplo, en un estudio, a los niños se les dio
instrucciones para que copiaran un dibujo que realizó otro niño sin
que pudieran ver dicho dibujo. Las instrucciones se daban en una
grabación y estaban incompleta, eran ambiguas o eran
contradictorias. Los niños más mayores tuvieron más probabilidades
de darse cuenta de que las instrucciones eran inadecuadas y
detenerse o quedarse perplejos. Además, se dieron cuenta de que sus
dibujos no eran como el del modelo debido a que las instrucciones
eran inadecuadas. Los niños más pequeños se dieron cuenta a veces de
que las instrucciones eran inadecuadas, pero aún así no entendieron
que eso significaría que no podían realizar el trabajo. Incluso los
niños más mayores (de ocho años o más) no demostraron una
comprensión muy amplia de la comunicación.
Así pues, a menudo los niños no
entienden lo que ven, oyen o leen, pero no se dan cuenta de que no
lo entienden. Por tanto, los adultos no deben dar por sentado que un
niño entienden algo, sino que deben asegurarse de que los niños
realmente saben lo que los adultos quieren que sepan.