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Guía de tratamiento de enfermedades |
VIH y SIDA
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Cuando el virus del SIDA
penetra en el cuerpo, ataca unas células concretas del
sistema inmunitario, llamadas linfocitos CD4+. Cuando invade
una célula, reprograma el material genético de dicha célula
para que cuando se divida, cree copias del propio virus.
Estas copias invaden otras células sanas y de este modo, la
cantidad de células infectadas va aumentando. Conforme más y
más linfocitos CD4+ van siendo destruidos por el virus, la
capacidad del cuerpo para combatir infecciones se va viendo
debilitada.
La mayoría de las personas no experimentan ningún síntomas
al inicio de la infección. Algunos pasan años sin saber que
han contraído el virus. Después pueden aparecer síntomas
como sudores nocturnos, fatiga, fiebre, diarrea, pérdida de
peso, ganglios linfáticos inflamados, herpes, llagas en la
boca o sangrado de encías. Conforme el número de linfocitos
va disminuyendo, el cuerpo se vuelve más vulnerable a las
infecciones por virus y bacterias.
Se considera que una persona infectada con el VIH padece
SIDA cuando se desarrolla al menos una enfermedad a causa
del virus o cuando el número de linfocitos CD4+ desciende
significativamente.
No todas las personas que tienen el virus llegan a
desarrollar el SIDA. La mayoría de los infectados
desarrollan la enfermedad en un plazo de entre 8 y 12 años,
pero otros la desarrollan mucho más tarde, o no la
desarrollan durante décadas, debido a que sus sistemas
inmunitarios son más fuertes.
Las medicinas alternativas pueden ayudar a fortalecer el
sistema inmunitario, retrasando así el desarrollo de la
enfermedad y ayudando al cuerpo a combatir la infección.
