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Libros online. Siddharta
Autor: Hermann Hesse
Página 7
Con los samanas
El mismo día, por la noche,
alcanzaron a los ascetas, los enjutos samanas, y les
ofrecieron su compañía y obediencia. Fueron aceptados.
Siddharta regaló su túnica a un pobre de la carretera. Desde
entonces, sólo vistió el taparrabos y la descosida capa de
color tierra. Comió solamente una vez al día y jamás
alimentos cocinados. Ayunó durante quince días. Ayunó
durante veintiocho días. La carne desapareció de sus muslos
y mejillas. Ardientes sueños oscilaban en sus ojos
dilatados; en sus dedos huesudos crecían largas uñas, y del
mentón le nacía una barba reseca y despeinada. La mirada se
le tornaba fría cuando una mujer cruzaba por su camino; la
boca expresaba desprecio, cuando atravesaba la ciudad con
personas vestidas elegantemente. Vio negociar a los
comerciantes, y cazar a los príncipes; presenció el llanto
de los familiares de un difunto; advirtió cómo las
prostitutas se ofrecían, cómo los médicos se preocupaban de
los enfermos, cómo los sacerdotes determinaban el día de la
siembra, se percató de que los amantes se querían, de que
las madres daban el pecho a sus hijos. Y todo ello no era
digno de la mirada de sus ojos, todo mentía, todo apestaba;
olía todo a hipocresía, todo aparentaba tener sentido y
felicidad y belleza, mas, sin embargo, todo era ignorancia y
putrefacción.
Siddharta tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse
vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni
penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no
ser yo, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío,
para permanecer abierto al milagro a través de los
pensamientos despersonalizados: ése era su objetivo. Cuando
todo el yo se encontrase vencido y muerto, cuando se
callasen todos los vicios y todos los impulsos en su
corazón, entonces tendría que despertar lo último, lo más
íntimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto.
Siddharta permanecía en silencio bajo el calor vertical del
sol ardiente de dolor, de sed; y se quedaba así hasta que ya
no sentía dolor ni sed. Se hallaba en silencio durante la
estación lluviosa el agua corría desde su cabello hasta sus
hombros que sentían el frío hasta sus caderas y hasta sus
piernas heladas, y el penitente continuaba así hasta que los
hombros y las piernas ya no sentían frío, hasta que se
acallaban Se mantenía sentado en silencio sobre el bardal,
hasta que le goteaba sangre de la piel caliente, y después
de las úlceras. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil,
hasta que ya no le goteaba la sangre, hasta que nada le
punzaba hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con rigidez y trataba de ahorrar
aliento de vivir con poco aire, de detener la respiración.
Aprendía a tranquilizar el latido de su corazón con el
aliento, aprendía a disminuir los latidos de su corazón
hasta que eran mínimos, casi nulos.
