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Libros online. Siddharta
Autor: Hermann Hesse
Página 68
Om
Durante mucho tiempo aún se
resentía de la herida. Siddharta tuvo que pasar por el río
muchos viajeros que iban acompañados de un hijo o una hija.
Le era imposible fijarse en ellos sin sentir envidia, sin
pensar:
«Tantas personas, tantos miles de personas poseen la más
dulce felicidad. ¿Y por qué yo no? Incluso son personas
malas, bandidos y ladrones, y tienen hijos y los aman, y son
amados por ellos.
Unicamente yo no lo tengo.»
Pensaba con tanta simpleza, que Siddharta ahora se parecía a
esos seres humanos que nunca pierden el fondo infantil.
Ahora observaba a las personas desde otro ángulo distinto;
quizá menos inteligente y menos orgulloso, pero más cálido,
mas carinoso, con más interés. Cuando cruzaban viajeros
corrientes, gentes infantiles, comerciantes, guerreros,
mujeres..., ya no se mostraba tan asombrado de esas personas
como antes. Los comprendía y se interesaba por su vida, que
no se guiaba por raciocinios y conocimientos, sino
únicamente por instintos y deseos. Ahora sentía igual que
ellos.
Aunque Siddharta se encontraba cerca de la perfección,
llevaba consigo la última herida; ahora le parecía que esos
humanos pueriles eran sus hermanos; sus vanidades, deseos y
absurdos perdían ante él lo ridículo, se volvían
comprensibles, simpáticos e incluso venerables. El amor
ciego de una madre hacia su hijo, el orgullo estúpido de un
padre presumido por su único vástago, el afán ofuscado de
una mujer joven y frívola por las joyas, por la mirada de
admiración de los hombres..., todos esos instintos y
pasiones simples y necias, pero de enorme fuerza, se
imponían ahora ante Siddharta con un poder avasallador; ya
no eran chiquilladas. Se daba cuenta de que por todo ello la
gente vivía, deseaba lograr una infinidad de metas,
efectuaba viajes, combatía en guerras, sufría infinitamente,
soportaba hasta lo indecible. Por ello, Siddharta los amaba;
veía en ellos la vida, la existencia, lo indestructible; el
Brahma se hallaba en cada una de sus pasiones, de sus obras.
Esos seres le eran simpáticos y admirables por su ciega
fidelidad, por su ofuscada fuerza y resistencia.
No les faltaba nada; y sin embargo, el sabio y el filósofo
sólo les aventajaba en un detalle diminuto: la conciencia,
la idea consciente de la unidad de toda la vida.
Y Siddharta llegaba a veces a dudar de si esa idea o
conocimiento tenía valor, o si quizá se trataba también de
otra necedad de los humanos pensadores. En todo lo demás,
los seres mundanos eran iguales a los sabios, incluso a
menudo los superaban, como también los animales, al obrar
con fortaleza y sin dejarse inmutar.
