La enfermedad como camino
IX. LA
SEXUALIDAD Y EL EMBARAZO
Índice
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Trastornos de
la regla
El flujo
mensual es expresión de feminidad, fertilidad y receptividad. La
mujer está sometida a este ritmo. Tiene que amoldarse a él y aceptar
las limitaciones que le impone. Con el término de amoldarse tocamos
un aspecto fundamental de la feminidad: la abnegación. Al decir
feminidad nos referimos al principio general del polo femenino en el
mundo, al que los chinos, por ejemplo, llaman «Yin», los
alquimistas simbolizan con la Luna y la psicología profunda expresa
con el símbolo del agua. Desde esta óptica, cada mujer no es sino
manifestación del principio femenino arquetípico. El principio
femenino puede definirse por su receptividad. Así en «I Ging»
se lee: «Lo masculino rige lo creativo, lo femenino rige lo
receptivo.» Y, en otro lugar: «En la receptividad está la
mayor capacidad de entrega del mundo.»
La
capacidad de entrega es la característica esencial de la mujer: es
la base de todas las demás facultades, como la de apertura,
absorción, acogida. La capacidad de entrega exige también la
renuncia a la actuación activa. Examinemos los símbolos de la
feminidad: la Luna y el agua. Ambos renuncian a irradiar y emitir
como sus polos opuestos, el Sol y el fuego. Por ello, son capaces de
absorber, acumular y reflejar la luz y el calor. El agua renuncia a
la pretensión de poseer forma propia: adopta cualquier forma. Se
amolda, en entrega.
La
polaridad Sol y Luna, fuego y agua, masculino y femenino, no lleva
implícita valoración alguna. Toda valoración sería absolutamente
improcedente, ya que, por sí solo, cada polo está incompleto: para
estar entero necesita del otro polo. Ahora bien, esta calidad de
entero sólo se consigue cuando ambos polos representan plenamente su
peculiaridad específica. En muchas reinvindicaciones emancipadoras
se pasan por alto fácilmente estas leyes del arquetipo. Sería una
tontería que el agua se quejara de no poder arder ni brillar y por
ello se sintiera inferior. Precisamente por no poder arder puede
recibir, capacidad a la que el fuego tiene que renunciar. Uno no es
mejor ni es peor que el otro, sólo es diferente. De esta diferencia
entre los polos surge la tensión llamada «vida». Nivelando
los polos no se consigue eliminar oposiciones. La mujer que acepte y
viva plenamente su feminidad nunca se sentirá «inferior».
La
«no reconciliación» con la propia feminidad subyace en la
mayoría de los trastornos menstruales y en muchos otros síntomas del
campo sexual. La entrega, la adaptabilidad, siempre es difícil para
el ser humano, exige renuncia a la propia voluntad, al yo, al
predominio del ego. Uno tiene que sacrificar algo de su ego, una
parte de sí, y esto es lo que la menstruación exige de la mujer.
Porque, con la sangre, la mujer sacrifica una parte de su fuerza
vital. La regla es un pequeño embarazo y un pequeño parto. Y, en la
medida en que una mujer no esté conforme con esta «regla», se
producirán trastornos y dolencias menstruales.
Éstos indican que una
parte de la mujer (por lo general, inconscientemente) se rebela ya
sea a la regla, al sexo o al hombre, o a todo ello. Precisamente a
esta rebelión, «yo no quiero», apela la propaganda de las
compresas y tampones, prometiendo que, si empleas el producto, serás
libre y podrás hacer todo lo que quieras durante el periodo. La
publicidad explota hábilmente el conflicto básico de la mujer: ser
mujer, sí, pero no aceptar lo que trae consigo la condición
femenina.
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