La enfermedad como camino
VIII. LOS
RIÑONES
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Nuestra
relación con el inconsciente siempre es ambivalente: nos atrae y nos
atemoriza. No menos ambivalente suele ser nuestra relación con la
pareja: la queremos y la odiamos, deseamos poseerla plenamente y
librarnos de ella, la encontramos maravillosa e irritante. En el
cúmulo de actividades y fricciones que constituyen una relación no
hacemos más que andar a vueltas con nuestra sombra. Por ello, es
frecuente que personas de carácter opuesto congenien. Los extremos
se atraen: esto lo sabe todo el mundo, y no obstante siempre nos
asombra que «se lleven tan bien siendo tan distintas». Mejor
se llevarán dos personas cuanto más distintas sean, porque cada una
vive la sombra de la otra o —más exactamente— cada una hace que su
sombra viva en la otra. Cuando la pareja está formada por personas
muy parecidas, aunque las relaciones resulten más apacibles y
cómodas, no suelen favorecer mucho el desarrollo de quienes la
componen: en el otro sólo se refleja la cara que ya conocemos: ello
no acarrea complicaciones pero resulta aburrido. Los dos se
encuentran mutuamente maravillosos y proyectan la sombra común al
entorno, al que juntos rehuyen. En una pareja sólo son fecundas
las divergencias, ya que a través de ellas, afrontándose a la propia
sombra descubierta en el otro, puede uno encontrarse a sí mismo.
Está claro que el objetivo de esta tarea es encontrar la propia
identidad total.
El caso
ideal es aquel en el que, al término de la convivencia, hay dos
personas que se han completado a sí mismas o, por lo menos
—renunciando al ideal— se han desarrollado, descubriendo partes
ignoradas del alma y asumiéndolas conscientemente. No se trata,
desde luego, de la pareja de tórtolos que no pueden vivir el uno sin
el otro. La frase de que uno no puede vivir sin el otro sólo indica
que uno, por comodidad (también podríamos decir por cobardía), se
sirve del otro para hacer que viva la propia sombra, sin reconocerse
en la proyección ni asumirla. En estos casos (son la mayoría) el uno
no deja que el otro se desarrolle, ya que con ello habría que
cuestionarse el papel que cada uno se ha adjudicado. En muchos
casos, cuando uno de los dos se somete a psicoterapia, su pareja se
queja de lo mucho que ha cambiado... («¡Nosotros sólo queríamos
que desapareciera el síntoma!»)
La
asociación de la pareja ha alcanzado su objetivo cuando el uno ya no
necesita del otro. Sólo en este caso se demuestra que la promesa de
«amor eterno» era sincera. El amor es un acto de la
conciencia y significa abrir la frontera de la conciencia propia
para dejar entrar aquello que se ama. Esto sucede sólo cuando uno
acoge en su alma todo lo que la pareja representaba o —dicho de otro
modo— cuando uno ha asumido todas las proyecciones y se ha
identificado con ellas. Entonces la persona deja de hacer las veces
de superficie de proyección —en ella nada nos atrae ni nos repele—,
el amor se ha hecho eterno, es decir, independiente del tiempo, ya
que se ha realizado en la propia alma. Estas consideraciones siempre
producen temor en las personas que tienen proyecciones puramente
materiales, que depositan el amor en las formas y no en el fondo de
la conciencia.
Esta actitud ve en la transitoriedad de lo terrenal
una amenaza y se consuela con la esperanza de encontrar a sus
«seres queridos» en el más allá. Pero suele pasar por alto que
el «más allá» siempre está aquí. El más allá es la zona que
trasciende las formas materiales. El individuo no tiene más que
transmutar en su mente todo lo visible, y ya está más allá de las
formas. Todo lo visible no es más que un símbolo, ¿por qué no habían
de serlo también las personas?
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