La enfermedad como camino
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VIII. LOS
RIÑONES
Los riñones representan en el cuerpo humano la zona de la
convivencia. Los dolores y afecciones de riñón se presentan cuando
existen problemas de convivencia. No se trata tanto de la relación
sexual como de la capacidad de relacionarse con los semejantes en
general. La forma en que una persona se enfrenta con las demás se
manifiesta con especial claridad en las relaciones de la pareja,
pero es común a todos sus semejantes. Para comprender la relación
existente entre los riñones y la comunicación con el prójimo, puede
ser conveniente examinar, en primer lugar, el fondo psíquico de las
relaciones humanas.
La
polaridad de nuestra mente nos impide tener conciencia de nuestra
totalidad y hace que nos identifiquemos sólo con una parte del Ser.
A esta parte la llamamos Yo. Lo que no vemos es nuestra sombra que
nosotros —por definición— desconocemos. El camino que debe seguir el
ser humano es el que conduce hacia un mayor conocimiento. El ser
humano está obligado constantemente a tomar conciencia de partes de
sombra hasta ahora desconocidas e integrarlas en su identidad. Este
proceso de aprendizaje no se termina hasta que poseemos el
conocimiento total, hasta que estamos «completos». Esta unidad
abarca toda la polaridad sin distinciones, es decir, tanto la parte
masculina como la femenina.
El
individuo completo es andrógino, ha fundido en su alma los aspectos
masculino y femenino, para formar la unidad (bodas químicas). No se
debe confundir lo andrógino con lo dual; naturalmente, el carácter
andrógino se refiere al aspecto psíquico: el cuerpo conserva su
sexo. Pero la mente ya no se identifica con él (como tampoco el niño
pequeño se identifica con el sexo a pesar de que físicamente lo
tiene). Este objetivo de bisexualidad también se expresa con el
celibato y la indumentaria de los sacerdotes. Ser hombre es
identificarse con el polo masculino del alma, con lo que la parte
femenina automáticamente pasa a la sombra; por lo tanto, ser mujer
es identificarse con el polo femenino, relegando al polo masculino a
la sombra. Nuestro objetivo es tomar conciencia de nuestra sombra.
Pero esto sólo se consigue a través de la proyección. Debemos buscar
y hallar fuera de nosotros lo que nos hace falta y que, en realidad,
está dentro de nosotros.
Esto, a
primera vista, parece una paradoja: tal vez por ello sean tan pocos
los que lo comprenden. Pero el reconocimiento requiere la división
entre sujeto y objeto. Por ejemplo, el ojo ve pero no puede verse;
para ello necesita de la proyección sobre un objeto. En la misma
situación nos hallamos los seres humanos. El hombre sólo puede tomar
conciencia de la parte femenina de su alma (C. G. Jung la llama
«ánima») a través de su proyección sobre una mujer concreta, y
la mujer, viceversa. Nosotros imaginamos la sombra estratificada.
Hay capas muy profundas que nos angustian, y hay capas que están
cerca de la superficie, esperando ser reconocidas y asumidas. Si
encuentro a una persona que exhibe unas cualidades que se hallan en
la parte superior de mi sombra, me enamoro de ella. Al decir ella me
refiero tanto a la otra persona como a la parte de la propia sombra,
puesto que, en definitiva, una y otra son idénticas.
Lo
que nosotros amamos o aborrecemos en otra persona está siempre en
nosotros mismos. Hablamos de amor cuando el otro refleja una
zona de la sombra que en nosotros asumiríamos de buen grado, y
hablamos de odio cuando alguien refleja una capa muy profunda de
nuestra sombra que no deseamos ver en nosotros. El sexo opuesto nos
atrae porque es lo que nos falta. A menudo nos da miedo porque nos
es desconocido. El encuentro con la pareja es el encuentro con el
aspecto desconocido de nuestra alma. Cuando tengamos claro este
mecanismo de proyección en el otro de partes de la sombra propia,
veremos todos los problemas de la convivencia a una nueva luz.
Todas las dificultades que experimentamos con nuestra pareja son
dificultades que tenemos con nosotros mismos.
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