La enfermedad como camino
VI. DOLOR DE
CABEZA
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Las
personas «todo sensibilidad» están tan incompletas como las
«todo cerebro». Pero nuestra cultura ha favorecido y
desarrollado tanto el polo de la cabeza que en muchos casos
padecemos un déficit en el polo inferior. A ello se suma el problema
de a qué aplicamos nuestra actividad mental. En casi todos los
casos, utilizamos nuestras funciones racionales para la
consolidación de nuestro Yo. Por medio del modelo filosófico causal,
nos prevenimos más y más frente al destino, con objeto de ampliar el
dominio de nuestro ego. Esta empresa está condenada al fracaso. En
el mejor de los casos, acaba como la torre de Babel, en la
confusión. La cabeza no puede independizarse y recorrer su camino
sin el cuerpo, sin el corazón. Cuando el pensamiento se disocia de
lo de abajo, rompe con sus raíces. Por ejemplo, el pensamiento
funcional de la ciencia es un pensamiento sin raíces: le falta
religión, el enlace con la causa primitiva. La persona que sólo se
rige por la cabeza, sin un anclaje en el suelo, alcanza alturas
vertiginosas. No es de extrañar que a veces uno tenga la sensación
de que va a estallarle la cabeza. Es una señal de alarma.
La
cabeza es, de todos los órganos, el que más rápidamente reacciona al
dolor. En todos los demás órganos tienen que producirse alteraciones
mucho mayores para que haya dolor. La cabeza es nuestro vigía más
despierto. Su dolor indica que nuestro modo de pensar es erróneo,
que seguimos un criterio equivocado, que perseguimos objetivos
dudosos. Da la alarma cuando nos rompemos la cabeza con cavilaciones
estériles en busca de unas seguridades que, en definitiva, no
existen. El ser humano, dentro de su forma de existencia material,
no puede asegurar nada: en realidad, a cada intento que realiza sólo
consigue ponerse en ridículo.
El
individuo suele devanarse los sesos, hasta que le sale humo de la
cabeza, por cosas intrascendentes. La tensión se descarga por medio
de la relajación que, en realidad, no es sino otro modo de llamar al
acto de soltar, de desconectarse. Cuando la cabeza da la alarma por
medio del dolor, es que ha llegado el momento de desechar la
obcecación del «yo quiero», la ambición que nos empuja hacia arriba,
la cabezonería y el fanatismo. Es el momento de dirigir la mirada
hacia abajo y recordar las raíces. Imposible ayudar a quienes
durante años acallan esta alarma a fuerza de analgésicos. Esos
arriesgan la cabeza.
Jaqueca
«La
jaqueca (migraña o hemicránea) es un acceso de dolor de cabeza,
generalmente hemicraneal, que puede asociarse a trastornos visuales
(sensibilidad a la luz, centelleo) o digestivos, como vómitos y
diarrea. Estos ataques que generalmente duran varias horas se
presentan asociados a un estado de ánimo depresivo e irritable. En
el apogeo de la jaqueca, el afectado siente el deseo imperioso de
estar solo en una habitación oscura o en la cama» (Brautigam). A
diferencia de lo que ocurre con el dolor de cabeza debido a la
tensión, en la jaqueca, después de unos espasmos iniciales, se
produce una gran dilatación de los vasos sanguíneos. En griego se
llama a la cabeza hemikranie (kranion = cráneo) literalmente mitad
del cráneo, palabra que denota claramente la unilateralidad del
pensamiento que, en los enfermos de jaqueca, es similar a la que se
da en las personas que sufren dolor de cabeza provocado por la
tensión.
Todo lo
dicho respecto a este último síntoma vale también para la migraña,
salvo un punto esencial. Mientras que el paciente aquejado de dolor
de cabeza trata de aislar la cabeza del tronco, el que sufre jaqueca
traslada un tema corporal a la cabeza para vivirlo en ella. Este
tema es la sexualidad. La jaqueca siempre es sexualidad desplazada a
la cabeza. Se da a la cabeza la función del vientre. Este
desplazamiento no es tan incongruente, ya que el aparato genital y
la cabeza tienen entre sí una cierta analogía. Son las partes del
cuerpo que albergan todos los orificios del ser humano.
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