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Libros online. La enfermedad como camino
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VI. DOLOR DE CABEZA
El dolor de cabeza era
desconocido hasta hace varios siglos. En épocas pretéritas
no se daba. El dolor de cabeza toma incremento especialmente
en los países más avanzados, en los que el veinte por ciento
de la población «sana» reconoce sufrirlo. Las estadísticas
indican que la incidencia es mayor entre las mujeres y los
«estratos superiores». Esto no sorprende si tratamos de
rompernos un poco la cabeza con el simbolismo de esta parte
del cuerpo. La cabeza presenta una clara polaridad respecto
al cuerpo. Es la instancia suprema de nuestra institución
corporal. Con ella nos imponemos. La cabeza representa lo
alto mientras que el cuerpo expresa lo bajo.
Consideramos la cabeza como la sede del entendimiento, el
conocimiento y el pensamiento. El que pierde la cabeza actúa
irracionalmente. Podemos comer el coco a una persona, pero
en tal caso no debemos esperar que mantenga la cabeza en su
sitio. Por lo tanto, sentimientos irracionales como el
«amor» atacan muy especialmente la cabeza: la mayoría de las
personas suelen perderla cuando se enamoran (...y, si no la
pierden, los dolores de cabeza no acaban). De todos modos,
también los hay cabezotas que nunca llegarán a perder la
cabeza, ni aun en el caso de que se den con la cabeza contra
la pared. Ciertos observadores piensan que esta
extraordinaria insensibilidad se debe a que tienen serrín en
la cabeza, aunque científicamente no se ha demostrado.
El dolor de cabeza producido por la tensión se inicia de
forma difusa, más como una opresión, y puede prolongarse
durante horas, días y semanas. Probablemente, el dolor se
produce por un exceso de tensión en los vasos sanguíneos.
Generalmente, al mismo tiempo se siente una fuerte tensión
en la musculatura de la cabeza, los hombros, el cuello y la
columna vertebral. Este tipo de dolor de cabeza suele
presentarse en situaciones en las que el ser humano se halla
sometido a fuerte presión o cuando una crisis va a
desbordarle.
Es el «camino ascendente» que conduce fácilmente a una
acentuación excesiva del polo superior, es decir, de la
cabeza. Suelen padecer este tipo de dolor de cabeza las
personas ambiciosas y perfeccionistas que tratan de imponer
su voluntad. En tales casos, la ambición y el afán de poder
se suben a la cabeza, porque el individuo que sólo atiende a
la cabeza, que sólo acepta lo racional, sensato y
comprensible, pronto pierde el contacto con el «polo
inferior» y, por lo tanto, con sus raíces que son lo único
que puede anclarlo en la vida. Es el cerebral. Pero los
derechos del cuerpo y sus casi siempre inconscientes
funciones son más antiguos que la facultad del pensamiento
racional, que es una adquisición relativamente reciente del
ser humano, con el desarrollo de la corteza cerebral.
El ser humano posee dos centros: corazón y cerebro:
sentimiento y pensamiento. El individuo de nuestro tiempo y
de nuestra cultura ha desarrollado extraordinariamente las
fuerzas cerebrales, por lo que corre peligro de descuidar su
otro centro, el corazón. Por ello, tampoco es una solución
denostar el pensamiento, la razón y la cabeza. Ningún centro
es mejor ni peor que el otro. El ser humano no debe optar
por uno de los dos sino buscar el equilibrio.
