La enfermedad como camino
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II. POLARIDAD Y UNIDAD
Jesús les
dijo:
Cuando de
los dos hagáis uno y cuando hagáis lo de dentro como lo de fuera y
lo de fuera como lo de dentro y lo de arriba como lo de abajo y de
lo masculino y lo femenino hagáis uno, para que lo masculino no sea
masculino ni lo femenino sea femenino, cuando hagáis ojos en vez de
un ojo y una mano en vez de una mano y un pie en vez de un pie y una
imagen en vez de una imagen, entonces entraréis en el Reino.
TOMÁS. Evangelios Apócrifos, cap. 22.
Nos
parece oportuno retomar en este libro un tema que ya tratamos en
Schicksal als Chance: la polaridad. Por un lado, nos gustaría
evitar tediosas repeticiones, pero, por otro, creemos que la
comprensión de la polaridad es requisito indispensable para seguir
los razonamientos que exponemos más adelante. De todos modos, nunca
se hace demasiado hincapié en la polaridad, por cuanto que
constituye el problema central de nuestra existencia.
Al decir
Yo, el ser humano se separa de todo lo que percibe como ajeno al Yo:
el Tú; y, desde este momento, el ser humano queda preso en la
polaridad. Su Yo lo ata al mundo de los contrapuntos que no se
cifran sólo en el Yo y el Tú, sino también en lo interno y lo
externo, mujer y hombre, bien y mal, verdad y mentira, etc. El ego
del individuo le hace imposible percibir, reconocer o imaginar
siquiera la unidad o el todo en cualquier forma. La conciencia lo
escinde todo en parejas de contrarios que nos plantea un conflicto
porque nos obligan a diferenciar y a decidir. Nuestro entendimiento
no hace otra cosa que desmenuzar la realidad en pedazos más y más
pequeños (análisis) y diferenciar entre los pedazos
(discernimiento). Por ello, se dice si a una cosa y, al mismo
tiempo, no a su contrario, pues es sabido que «los contrarios se
excluyen mutuamente>. Pero con cada no, con cada exclusión,
incurrimos en una carencia, y para estar sano hay que estar
completo. Tal vez se aprecie ya lo estrechamente ligado que está el
tema enfermedad–salud con la polaridad. Pero aún podemos ser más
categóricos: enfermedad es polaridad, curación es superación de la
polaridad.
Más allá
de la polaridad en la que nosotros, como individuos, nos encontramos
inmersos, está la unidad, el Uno que todo lo abarca, en el que se
aúnan los contrarios. Este ámbito del ser se llama también el Todo
porque todo lo abarca, y nada puede existir fuera de esta unidad, de
este Todo. En la unidad no hay cambio ni transformación ni
evolución, porque la unidad no está sometida al tiempo ni al
espacio. La Unidad–Todo está en reposo permanente, es el Ser puro,
sin forma ni actividad. Llama la atención que todas las definiciones
de la unidad hallan de ser planteadas en negativo: sin tiempo, sin
espacio, sin cambio, sin límite.
Todas
las manifestaciones positivas nacen de nuestro mundo dividido y, por
consiguiente, no pueden aplicarse a la unidad. Desde el punto de
vista de nuestra conciencia bipolar la unidad se aparece como la
Nada. Esta formulación es correcta, pero con frecuencia nos sugiere
asociaciones falsas. Los occidentales especialmente suelen
reaccionar con desilusión cuando descubren, por ejemplo, que el
estado de conciencia que persigue la filosofía budista, el nirvana
viene a significar nada (textualmente: extinción). El ego del ser
humano desea tener siempre algo que se encuentre fuera de él y no le
agrada la idea de tener que extinguirse para ser uno con el todo. En
la unidad, Todo y Nada se funden en uno. La Nada renuncia a toda
manifestación y límite, con lo que se sustrae a la polaridad. El
origen de todo el Ser es la Nada (el Ain Soph de lo
cabalistas, el Tao de los chinos, el Neti–Neti de los
indios). Es lo único que existe realmente, sin principio ni fin, por
toda la eternidad. A esa unidad podemos referirnos pero no podemos
imaginarla. La unidad es la antítesis de la polaridad y, por
consiguiente, sólo es concebible —incluso, en cierta medida,
experimentable— por el ser humano que, por medio de determinados
ejercicios o técnicas de meditación, desarrolla la capacidad de
aunar, por lo menos transitoriamente, la polaridad de su
conocimiento. Pero la unidad siempre se sustrae a una descripción
oral o análisis filosófico, pues nuestro pensamiento precisa de la
premisa de la polaridad. El reconocimiento sin polaridad, sin la
división en sujeto y objeto, en reconocedor y reconocido, no es
posible. En la unidad no hay reconocimiento, sólo Ser. En la unidad
termina todo el afán, el querer y el empeño, todo el movimiento,
porque ya no existe un exterior que anhelar. Es la vieja paradoja de
que sólo en la Nada está la plétora.
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