La enfermedad como camino
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III. LA
RESPIRACIÓN
La respiración es un acto rítmico. Se compone de dos fases,
inhalación y exhalación. La respiración es un buen ejemplo de la ley
de la polaridad: los dos polos, inspiración y espiración, forman,
con su constante alternancia, un ritmo. Un polo depende de su
opuesto, y así la inspiración provoca la espiración, etc. También
podemos decir que un polo no puede vivir sin el polo opuesto,
porque, si destruimos una fase, desaparece también la otra. Un polo
compensa el otro polo y los dos juntos forman un todo. Respiración
es ritmo, el ritmo es la base de toda la vida. También podemos
sustituir los dos polos de la respiración por los conceptos de
contracción y relajación. Esta relación de inspiración–contracción
y espiración–relajación se muestra claramente cuando suspiramos.
Hay un suspiro de inspiración que provoca contracción y un suspiro
de espiración que provoca relajación.
Por lo que se refiere al cuerpo, la función central de la
respiración es un proceso de intercambio: por la inspiración el
oxígeno contenido en el aire es conducido a los glóbulos rojos y en
la espiración expulsamos el anhídrido carbónico. La respiración
encierra la polaridad de acoger y expulsar, de tomar y dar. Con esto
hemos hallado la simbología más importante de la respiración. Goethe
escribió:
En la
respiración hay dos mercedes,
una
inspirar, la otra soltar el aire,
aquélla
colma, ésta refresca,
es la
combinación maravillosa de la vida
Todas
las lenguas antiguas utilizan para designar el aliento la misma
palabra que para alma o espíritu. Respirar viene del latín
spirare y espíritu, de spiritus, raíz de la que se deriva
también inspiración tanto en el sentido lato como en el figurado. En
griego psyke significa tanto hálito como alma. En indostánico
encontramos la palabra atman que tiene evidente parentesco con el
atmen (respirar) alemán. En la India al hombre que alcanza la
perfección se le llama Mahatma, que textualmente significa
tanto «alma grande» como «aliento grande». La doctrina hindú nos
enseña, también, que la respiración es portadora de la auténtica
fuerza vital que el indio llama prana. En el relato bíblico
de la Creación se nos cuenta que Dios infundió su aliento divino en
la figura de barro convirtiéndola en una criatura «viva»,
dotada de alma.
Esta imagen indica bellamente cómo al cuerpo material, a la
forma, se le infunde algo que no procede de la Creación: el aliento
divino. Es este aliento, que viene de más allá de lo creado, lo que
hace del hombre un ser vivo y dotado de alma. Ya estamos llegando al
misterio de la respiración. La respiración actúa en nosotros, pero
no nos pertenece. El aliento no está en nosotros, sino que nosotros
estamos en el aliento. Por medio del aliento, nos hallamos
constantemente unidos a algo que se encuentra más allá de lo creado,
más allá de la forma. El aliento hace que esta unión con el ámbito
metafísico (literalmente: con lo que está Detrás de la Naturaleza)
no se rompa. Vivimos en el aliento como dentro de un gran claustro
materno que abarca mucho más que nuestro ser pequeño y limitado —es
la vida, ese secreto supremo que el ser humano no puede definir, no
puede explicar— la vida sólo se experimenta abriéndose a ella y
dejándose inundar por ella. La respiración es el cordón umbilical
por el que esta vida viene a nosotros. La respiración hace que nos
mantengamos en esta unión.
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