La enfermedad como camino
II.
EL SISTEMA DE DEFENSA
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Alergia: la alergia es una reacción exagerada a una sustancia
que reconocemos como nociva. Desde luego, la actuación del sistema
de defensas del organismo está justificada cuando se trata de
supervivencia. El sistema inmunizador del cuerpo produce anticuerpos
para combatir los antígenos*, con lo que proporciona una
defensa contra invasores hostiles, lo cual, fisiológicamente, es
irreprochable. En los alérgicos, esta defensa, en sí encomiable, se
desorbita. El alérgico construye un gran parapeto y constantemente
alarga la lista de sus enemigos. Cada vez son más numerosas las
sustancias consideradas nocivas y, por lo tanto, hay que fabricar
más armas para mantener a raya a tantísimo enemigo. Ahora bien, como
en el terreno militar el armamento siempre denota agresividad, así
también la alergia es expresión de una actitud defensiva y agresiva
que ha sido reprimida y obligada a pasar al cuerpo. El alérgico
tiene problemas de agresividad que, en la mayoría de casos, no
reconoce y, por lo tanto, no puede asumir.
(Para
evitar malas interpretaciones, recordemos que al hablar de un
aspecto psíquico reprimido nos referimos al que no es
conscientemente reconocido por el individuo. Puede ser que la
persona viva plenamente este aspecto sin reconocer en sí mismo tal
propiedad. Pero también, que la propiedad haya sido reprimida de
modo tan absoluto que la persona no la viva. Por lo tanto, la
represión puede existir tanto en un sujeto agresivo como en el más
manso de los mortales.)
En el alérgico, la agresividad es trasladada de la conciencia
al cuerpo y aquí se expansiona a placer con ataques, defensas,
forcejeos y victorias. Para que la diversión no termine por falta de
enemigos, se declara la guerra a las cosas más inofensivas: el polen
de las flores, el pelo de los gatos o de los caballos, el polvo, los
artículos de limpieza, el humo, las fresas, los perros o los
tomates. La variedad es ilimitada: el alérgico no respeta nada, es
capaz de luchar contra todo y contra todos, si bien, generalmente,
da preferencia a ciertos elementos cargados de simbolismo.
Es
sabido que la agresividad casi siempre va ligada al miedo.
Sólo se combate lo que se teme. Si examinamos atentamente los
alergenos** elegidos, en casi todos los casos, descubriremos
enseguida cuáles son los temas que atemorizan al alérgico de tal
modo que tiene que combatirlos encarnecidamente en el símbolo. En
primer lugar, está el pelo de los animales domésticos, especialmente
el de los gatos. Al pelo del gato (y a cualquier pelo) suelen
asociarse las caricias y los arrumacos: es fino, sedoso, blando, y,
no obstante, «animal». Es un símbolo del amor y tiene una
connotación sexual (véanse los animales de felpa que los niños se
llevan a la cama). Algo parecido puede decirse de la piel del
conejo. En el caballo está más acentuado el componente sensual y, en
el perro, el agresivo; pero las diferencias son pequeñas,
insignificantes, ya que un símbolo nunca tiene límites muy marcados.
El mismo
tema es representado por el polen de las flores, alergeno predilecto
de los que sufren la fiebre del heno. El polen es símbolo de
fertilidad y procreación, y la «grávida» primavera es la
estación en la que los enfermos de fiebre del heno más «padecen».
Las pieles de los animales y el polen actuando como alergenos
indican que los temas de «amor», «sexualidad», «libido»
y «fertilidad» suscitan ansiedad y, por lo tanto, son
activamente rechazados, es decir, no son admitidos.
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