La enfermedad como camino
Índice
Página 56
II.
EL SISTEMA DE DEFENSA
Defender
equivale a rechazar. El polo opuesto de rechazar es amar. Se ha
definido el amor desde multitud de ángulos y en los planos más
diversos, pero cada forma de amor puede reducirse al acto de dar
acogida. En el amor, el ser humano abre barreras y deja entrar algo
que estaba fuera de ellas. A estas barreras solemos llamar Yo (ego)
y todo aquello que queda fuera de la propia identificación es para
nosotros Tú (el otro). En el amor, esta barrera se abre para admitir
a un Tú que, con la unión, se convertirá en Yo. Allí donde ponemos
una barrera rechazamos y donde quitamos la barrera amamos. Desde
Freud utilizamos la expresión de «mecanismo de defensa» para
designar los resortes de la conciencia que impiden la penetración de
elementos amenazadores procedentes del subconsciente.
Aquí
conviene insistir en la ecuación microcosmos = macrocosmos,
ya que todo repudio o rechazo de una manifestación procedente del
entorno es siempre expresión externa de un rechazo psíquico interno.
Todo rechazo consolida nuestro ego, ya que acentúa la separación.
Por ello al ser humano la negación le resulta considerablemente más
grata que la afirmación. Cada «no», cada resistencia, nos
permite sentir nuestra frontera, nuestro Yo, mientras que, en cada
«comunión» esta frontera se difumina: no nos sentimos a
nosotros mismos. Es difícil expresar con palabras lo que son los
mecanismos de defensa, ya que sólo se puede describir aquello que se
reconoce, por lo menos, en otras personas. Los mecanismos de
defensa son la suma de todo lo que nos impide ser perfectos y
completos. En teoría es fácil definir en qué consiste el camino
de la iluminación: en todo lo bueno. Comulga con todo lo que es y
serás uno con todo lo que es. Éste es el camino del amor.
Cada
«sí, pero...» es una defensa que nos impide conseguir la unidad.
Ahora empiezan las pintorescas estratagemas del ego que, en su afán
de separación, no se priva de esgrimir las más piadosas, hábiles y
nobles teorías. Y así le hacemos el juego al mundo.
Los espíritus sagaces aducirán que, si todo lo que es, es
bueno, también la defensa tiene que serlo. Desde luego, lo es, pues
nos hace experimentar tanta fricción en un mundo polarizado que,
para seguir adelante, no tenemos más remedio que discriminar, pero,
a lo sumo, no es más que una ayuda que, al ser utilizada, se obvia a
sí misma. En el mismo sentido se justifica también la enfermedad a
la que nosotros deseamos transmutar en salud cuanto antes.
Como las
defensas psíquicas apuntan contra elementos del subconsciente
catalogados de peligrosos y que, por lo tanto, tienen vedado el paso
a la conciencia, así las defensas físicas se orientan contra
enemigos «externos», llamados agentes patógenos o toxinas. Estamos
tan acostumbrados a manejar despreocupadamente unos sistemas de
valores montados por nosotros mismos que hemos llegado a
convencernos de que son patrones absolutos. Pero en realidad no hay
más enemigo que aquel al que nosotros declaramos como tal. (Basta
leer a los distintos apóstoles de la dietética para descubrir los
más diversos criterios en el señalamiento de enemigos. Los mismos
alimentos que un método tacha de absolutamente perniciosos, otro los
califica de muy saludables. La dieta que nosotros recomendamos es:
leer atentamente todos los libros de dietética y comer lo que a uno
le apetezca.) Hay ciertas personas que se dejan impresionar de tal
modo por este subjetivo señalamiento de enemigos que no tenemos más
remedio que declararlas enfermas: nos referimos a los alérgicos.
Página siguiente