La enfermedad como camino
I.
LA
INFECCIÓN
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La polaridad de nuestra mente nos coloca en un conflicto
permanente, en el campo de tensión entre dos posibilidades.
Constantemente, tenemos que decidirnos (en alemán, ent-scheiden,
expresión que originariamente significa «desenvainar»),
renunciar a una posibilidad, para realizar la otra. Por lo tanto,
siempre nos falta algo, siempre estamos incompletos. Dichoso el que
pueda sentir y reconocer esta constante tensión, esta
conflictividad, ya que la mayoría se inclinan a creer que, si un
conflicto no se ve, no existe. Es la ingenuidad que hace pensar al
niño que puede hacerse invisible sólo con cerrar los ojos. Pero a
los conflictos les es indiferente ser percibidos o no: ellos están
ahí. Pero cuando el individuo no está dispuesto a tomar consciencia
de sus conflictos, asumirlos y buscar solución, ellos pasan al plano
físico y se manifiestan como una inflamación. Toda infección es un
conflicto materializado. El enfrentamiento soslayado en la mente
(con todos sus dolores y peligros) se plantea en el cuerpo en forma
de inflamación.
Examinemos este proceso en los tres planos de
inflamación–conflicto–guerra:
1. Estimulo:
penetran los agentes. Puede tratarse de bacilos, virus o venenos
(toxinas). Esta penetración no depende tanto —como creen muchos
profanos— de la presencia de los agentes como de la predisposición
del cuerpo a admitirlos. En medicina, se llama a esto falta de
inmunidad. El problema de la infección no consiste tanto —como
creen los fanáticos de la esterilización— en la presencia de agentes
como en la facultad de convivir con ellos. Esta frase puede
aplicarse casi literalmente al plano mental, ya que tampoco aquí se
trata de hacer que el individuo viva en un mundo estéril, libre de
gérmenes, es decir, de problemas y de conflictos, sino de que sea
capaz de convivir con ellos. Que la inmunidad está condicionada por
la mente se reconoce incluso en el campo científico, donde se está
profundizando en las investigaciones del estrés.
De todos
modos, es mucho más impresionante observar atentamente estas
relaciones en uno mismo. Es decir, el que no quiera abrir la mente a
un conflicto que le perturbaría, tendrá que abrir el cuerpo a los
agentes infecciosos. Estos agentes se instalan en determinados
puntos del cuerpo, llamados loci minoris resistentiae,
considerados por la medicina académica como debilidades
congénitas. El que sea incapaz de pensar analógicamente, al
llegar a este punto se embarullará en un conflicto teórico
insoluble. La medicina académica limita la propensión de
determinados órganos a las infecciones a estos puntos débiles
congénitos, lo cual, aparentemente, descarta cualquier otra
interpretación. De todos modos, a la psicosomática siempre le
intrigó que determinado tipo de problemas se relacionaran siempre
con los mismos órganos, actitud que rebate la teoría de la medicina
académica de los loci minoris resistentiae.
De todos modos, esta aparente contradicción se deshace
rápidamente cuando contemplamos la batalla desde un tercer ángulo.
El cuerpo es expresión visible de la conciencia como una casa es
expresión visible de la idea del arquitecto. Idea y manifestación se
corresponden, como el positivo y el negativo de una fotografía, sin
ser lo mismo. Cada parte y cada órgano del cuerpo corresponde a una
determinada zona psíquica, una emoción y una problemática
determinada (en estas correspondencias se basan, por ejemplo, la fisionomía, la bioenergética y las técnicas del psicomasaje). El
individuo se encarna en una conciencia cuyo estadio es producto de
lo aprendido hasta el momento. La conciencia trae consigo un
determinado modelo de problemas cuyos retos y soluciones
configurarán el destino, porque carácter + tiempo = destino.
El carácter no se hereda ni es configurado por el entorno sino que
es «aportado»: es expresión de la conciencia, es lo que se ha
encarnado.
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