La enfermedad como camino
VII.
EL MÉTODO DE LA INTERROGACIÓN PROFUNDA
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Por lo
tanto, en la práctica se opta por parar en un punto determinado y
hacer como si el mundo empezara en este punto. Uno se escuda en
frases convencionales como «locus minoris resistentiae»,
«factor hereditario», «debilidad orgánica» y conceptos
similares cargados de significado. Pero, ¿de dónde sacamos la
justificación para elevar a «causa» un eslabón cualquiera de
una cadena? Es una falta de sinceridad hablar de una causa o de una
terapéutica causal, ya que, como hemos visto, el concepto causal no
permite el descubrimiento de una causa.
Más
acertado sería trabajar con el concepto causal bipolar del que
hablábamos al principio de nuestras consideraciones sobre la
causalidad. Desde este punto de vista, una enfermedad estaría
determinada desde dos direcciones, es decir, desde el pasado y
también desde el futuro. Con este modelo, la finalidad tendría un
determinado cuadro sintomático y la causalidad actuante (efficiens)
aportaría los medios materiales y corporales necesarios para
realizar el cuadro final. Con esta óptica, se vería ese segundo
aspecto de la enfermedad que, en la habitual consideración
unilateral, se pierde por completo: el propósito de la enfermedad y,
por consiguiente, la significación del hecho. Una frase no está
determinada por el papel, la tinta, las máquinas de imprenta, los
signos de escritura, etc., sino también y ante todo por el propósito
de transmitir una información.
No tiene
por que ser tan difícil comprender cómo, por la reducción a procesos
materiales o a las condiciones del pasado, puede perderse lo
esencial y fundamental. Cada manifestación posee forma y también
contenido, consiste en unas partes y también en una figura que es
más que la suma de las partes. Cada manifestación es determinada por
el pasado y también por el futuro. La enfermedad no es excepción.
Detrás de un síntoma hay un propósito, un fondo que, para adquirir
formas, tiene que utilizar las posibilidades existentes. Por ello,
una enfermedad puede utilizar como causa todas las causas
imaginables.
Hasta
ahora, el método de trabajo de la medicina ha fracasado. La medicina
cree que eliminando las causas podrá hacer imposible la enfermedad,
sin contar con que la enfermedad es tan flexible que puede buscar y
hallar nuevas causas para seguir manifestándose. La cosa es muy
simple: por ejemplo, si alguien tiene el propósito de construir una
casa, no podremos impedírselo quitándole los ladrillos: la hará de
madera. Desde luego, la solución podría ser quitarle todos los
materiales de construcción imaginables, pero en el campo de la
enfermedad esto tiene sus dificultades. Habríamos de quitar al
paciente todo el cuerpo, para asegurarnos que la enfermedad no
encuentra más causas.
Este
libro trata de las causas finales de la enfermedad y pretende
completar la óptica unilateral y funcional aportando el segundo polo
que le falta. Queremos dejar claro que nosotros no negamos la
existencia de los procesos materiales estudiados y descritos por la
medicina, pero rebatimos con toda energía la afirmación de que
únicamente estos procesos son las causas de la enfermedad.
Como
queda expuesto, la enfermedad tiene un propósito y una finalidad que
nosotros hemos descrito hasta ahora, en su forma más general y
absoluta, con el término de curación en el sentido de adquirir la
unidad. Si dividimos la enfermedad en sus múltiples formas de
expresión sintomática que representan todos los pasos hasta el
objetivo, se puede interrogar con profundidad cada síntoma, para
averiguar cuál es su propósito y qué información posee, y saber qué
paso es el que procede dar en cada momento. Esta pregunta puede y
debe hacerse para cada síntoma y no puede descartarse invocando el
origen funcional. Siempre se encuentran condiciones funcionales,
pero precisamente por ello también se encuentra siempre un
significado esencial.
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