La enfermedad como camino
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IV. BIEN Y
MAL
La
esencia magnífica abarca todos los mundos y a todas las criaturas,
buenas y malas. Y es la verdadera unidad. Entonces, ¿cómo puede
conciliarse el antagonismo del bien y el mal? En realidad, no existe
antagonismo, porque el mal es el trono del bien.
BAAL SEM TOB
Tenemos
que abordar necesariamente un tema que no sólo pertenece al ámbito
más conflictivo de la aventura humana sino que, además, se presta a
malas interpretaciones. Es muy peligroso limitarse a entresacar de
la filosofía que nosotros exponemos sólo alguna que otra frase o
pasaje aquí y allá y mezclarlos con ideas de otras filosofías.
Precisamente la contemplación del Bien y del Mal provoca en los
seres humanos profundas angustias que fácilmente pueden empañar el
entendimiento y la facultad de raciocinio. A pesar de los peligros,
nosotros nos atrevemos a plantear la pregunta que rehuía Anfortas,
acerca de la naturaleza del mal. Y es que, si en la enfermedad hemos
descubierto la acción de la sombra, ésta debe su existencia a la
diferenciación del ser humano entre Bien y Mal, Verdad y Mentira.
La
sombra contiene todo aquello que el ser humano consideró malo; luego
la sombra tiene que ser mala. Así pues, parece no sólo justificado
sino, incluso, ética y moralmente necesario combatir y desterrar la
sombra dondequiera que se manifieste. También aquí la Humanidad se
deja fascinar de tal modo por la lógica aparente que no advierte que
su plan fracasa, que la eliminación del mal no funciona. Por lo
tanto, vale la pena examinar el tema «Bien y Mal» desde
ángulos acaso insólitos.
Nuestras
consideraciones sobre la ley de la polaridad nos hicieron sacar la
conclusión de que Bien y Mal son dos aspectos de una misma unidad y,
por lo tanto, interdependientes para la existencia. El Bien depende
del Mal y el Mal, del Bien. Quien alimenta el Bien alimenta también
inconscientemente el Mal. Tal vez a primera vista estas
formulaciones resulten escandalosas, pero es difícil negar la
exactitud de estas apreciaciones ni en teoría ni en la práctica.
En
nuestra cultura, la actitud hacia el Bien y el Mal está fuertemente
determinada por el cristianismo o por los dogmas de la teología
cristiana, incluso en los medios que se creen libres de vínculos
religiosos. Por ello, también nosotros tenemos que recurrir a
figuras e ideas religiosas, a fin de verificar la comprensión del
Bien y del Mal. No es nuestro propósito deducir de las imágenes
bíblicas una teoría o valoración, pero lo cierto es que los relatos
y las imágenes mitológicas se prestan a hacer más comprensibles
difíciles problemas metafísicos. El que para ello recurramos a un
relato de la Biblia no es obligado, pero sí natural dado nuestro
entorno cultural. Por otra parte, de este modo podremos comentar, al
mismo tiempo, ese punto mal comprendido del concepto del Bien y del
Mal, idéntico en todas las religiones, que muestra un matiz peculiar
de la teología cristiana.
El
relato que el Antiguo Testamento hace del Pecado Original ilustra
nuestro tema. Recordamos que, en el Segundo Libro de la Creación, se
nos dice que Adán, la primera criatura humana —andrógina—, es
depositado en el Edén, jardín entre cuya vegetación hay dos árboles
especiales: el Árbol de la Vida y el Árbol de la Ciencia del Bien y
del Mal. Para la mejor comprensión de este relato metafísico, es
importante recalcar que Adán no es hombre sino criatura andrógina.
Es el ser humano total que todavía no está sometido a la polaridad,
todavía no está dividido en una pareja de elementos contrapuestos.
Adán todavía es uno con todo; este estado cósmico de la conciencia
se nos describe con la imagen del Paraíso. No obstante, si bien la
criatura Adán posee todavía la conciencia unitaria, el tema de la
polaridad ya está planteado, en la forma de los dos árboles
mencionados.
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