La enfermedad como camino
III.
LA SOMBRA
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No
estará de más recordar, para mejor comprender esta relación, que
nosotros entendemos por «principios» regiones arquetípicas del ser
que pueden manifestarse con una enorme variedad de formas concretas.
Cada manifestación es entonces representación de aquel principio
esencial. Por ejemplo: la multiplicación es un principio. Este
principio abstracto puede presentársenos bajo las más diversas
manifestaciones (3 por 4, 8 por 7, 49 por 248, etc.). Ahora bien,
todas y cada una de estas formas de expresión, exteriormente
diferentes, son representación del principio «multiplicación».
Además, hemos de tener claro que el mundo exterior está formado por
los mismos principios arquetípicos que el mundo interior. La ley de
la resonancia dice que nosotros sólo podemos conectar con aquello
con lo que estamos en resonancia. Este razonamiento, expuesto
extensamente en Schicksal als Chance, conduce a la identidad entre
mundo exterior y mundo interior. En la filosofía hermética esta
ecuación entre mundo exterior y mundo interior o entre individuo y
Cosmos se expresa con los términos: microcosmos = macrocosmos.
(En la Segunda Parte de este libro, en el capítulo dedicado a los
órganos sensoriales, examinaremos esta problemática desde otro punto
de vista.)
Proyección significa, pues, que con la mitad de todos los
principios fabricamos un exterior, puesto que no los queremos en
nuestro interior. Al principio decíamos que el Yo es responsable de
la separación del individuo de la suma de todo el Ser. El Yo
determina un Tú que es considerado como lo externo. Ahora bien, si
la sombra está formada por todos los principios que el Yo no ha
querido asumir, resulta que la sombra y el exterior son idénticos.
Nosotros siempre sentimos nuestra sombra como un exterior, porque si
la viéramos en nosotros ya no sería la sombra. Los principios
rechazados que ahora aparentemente nos acometen desde el exterior
los combatimos en el exterior con el mismo encono con que los
habíamos combatido dentro de nosotros. Nosotros insistimos en
nuestro empeño de borrar del mundo los aspectos que valoramos
negativamente. Ahora bien, dado que esto es imposible —véase la ley
de la polaridad—, este intento se convierte en una pugna constante
que garantiza que nos ocupamos con especial intensidad de la parte
de la realidad que rechazamos.
Esto
entraña una irónica ley a la que nadie puede sustraerse: lo que más
ocupa al ser humano es aquello que rechaza. Y de este modo se acerca
al principio rechazado hasta llegar a vivirlo. Es conveniente no
olvidar las dos últimas frases. El repudio de cualquier principio es
la forma más segura de que el sujeto llegue a vivir este principio.
Según esta ley, los niños siempre acaban por adquirir las formas de
comportamiento que habían odiado en sus padres, los pacifistas se
hacen militantes; los moralistas, disolutos; los apóstoles de la
salud, enfermos graves.
No se
debe pasar por alto que rechazo y lucha significan entrega y
obsesión. Igualmente, el evitar en forma estricta un aspecto de la
realidad indica que el individuo tiene un problema con él. Los
campos interesantes e importantes para un ser humano son aquellos
que él combate y repudia, porque los echa de menos en su conciencia
y le hacen incompleto. A un ser humano sólo pueden molestarle los
principios del exterior que no ha asumido.
En este
punto de nuestras consideraciones, debe haber quedado claro que no
hay un entorno que nos marque, nos moldee, influya en nosotros o nos
haga enfermar: el entorno hace las veces de espejo en el que sólo
nos vemos a nosotros mismos y también, desde luego y muy
especialmente, a nuestra sombra a la que no podemos ver en nosotros.
Del mismo modo que de nuestro propio cuerpo no podemos ver más que
una parte, pues hay zonas que no podemos ver (los ojos, la cara, la
espalda, etc.) y para contemplarlas necesitamos del reflejo de un
espejo, también para nuestra mente padecemos una ceguera parcial y
sólo podemos reconocer la parte que nos es invisible (la sombra) a
través de su proyección y reflejo en el llamado entorno o mundo
exterior. El reconocimiento precisa de la polaridad.
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