La enfermedad como camino
XVI. ¿QUÉ SE PUEDE HACER?
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Errónea
—pero frecuente— es la reacción de querer librarse lo antes posible
del principio que el síntoma revela. Así el que al fin descubre su
agresividad subconsciente se pregunta con horror: «¿Y qué hago yo
ahora para librarme de esta terrible agresividad?» La respuesta
es: «Nada. ¡Disfrútala!» Es precisamente este «no querer
tener» lo que provoca la formación de la sombra y nos pone
enfermos: ver la agresividad nos sana. Quien lo considere peligroso
olvida que no por mirar hacia otro lado vamos a hacer desaparecer un
principio.
El
principio peligroso no existe, sólo es peligrosa la fuerza
desequilibrada. Cada principio es neutralizado por su polo opuesto.
Aislado, todo principio es peligroso. El calor solo es tan malo para
la vida como el frío solo. La mansedumbre aislada no es más noble
que la intemperancia aislada. Sólo en el equilibrio de las fuerzas
está la paz. La gran diferencia entre «el mundo» y «los
sabios» consiste en que el mundo siempre trata de hacer realidad
un polo, mientras que los sabios prefieren el justo medio entre los
dos polos. El que llega a comprender que el ser humano es un
microcosmos, poco a poco pierde el miedo a ver en sí todos los
principios.
Si en un
síntoma descubrimos un principio que nos falta, basta con aprender a
querer el síntoma ya que él hace realidad lo que nos falta. El que
espera con impaciencia la desaparición del síntoma no ha comprendido
el concepto. El síntoma expresa el principio que está en la sombra:
si nosotros aceptamos el principio, mal podemos rechazar el síntoma.
Aquí está la clave. La aceptación del síntoma lo hace superfluo. La
resistencia provoca mayor presión. El síntoma desaparece rápidamente
cuando al paciente se le ha hecho indiferente. La indiferencia
indica que el paciente acepta la validez del principio manifestado
en el síntoma. Y esto se consigue sólo con «abrir los ojos».
Para
evitar malas interpretaciones, repetiremos una vez más que nosotros
hablamos del plano esencial de la enfermedad y en ningún caso
pretendemos prescribir el comportamiento a observar en el plano
funcional. El examen de la esencia del síntoma no tiene por qué
excluir determinadas medidas funcionales. Nuestra explicación de la
polaridad ya debe de haber dejado claro que nosotros, en cada caso,
evitamos las disyuntivas y no excluimos ninguna opción. Por ejemplo,
ante una perforación de estómago, nuestro planteamiento no será:
«¿Operamos o explicamos?» Lo uno no excluye lo otro sino que le
da sentido. Pero la simple operación pronto perderá todo sentido si
el paciente no lo capta, como la explicación pierde también todo
sentido si el paciente se muere. Por otra parte, no hay que olvidar
que la gran mayoría de los síntomas no presentan peligro de muerte
y, por lo tanto, la cuestión de las medidas funcionales a adoptar no
se plantea con tanta urgencia.
Las
medidas funcionales, sean eficaces o no, nunca afectan al tema de la
«curación». La curación sólo puede realizarse en la mente. En
cada caso queda en el aire la duda de si un paciente llega a
conseguir ser sincero consigo mismo. La experiencia nos ha hecho
escépticos. Incluso personas que han dedicado la vida al trabajo
intelectual suelen tener una sorprendente ceguera ante sí mismos.
Ésta es, pues, la medida en que cada cual podrá beneficiarse de las
interpretaciones de este libro. En muchos casos, será necesario
someterse a procesos más enérgicos e incisivos para descubrir lo que
uno no quiso ver. Estos procesos para vencer la propia ceguera se
llama hoy psicoterapia.
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