La enfermedad como camino
Índice
Página 139
XVI. ¿QUÉ SE
PUEDE HACER?
Después
de tantas reflexiones y consideraciones dirigidas a comprender el
mensaje de los síntomas, el enfermo se pregunta: «Y ahora que ya
sé todas estas cosas, ¿qué tengo que hacer para curarme?»
Nuestra respuesta es siempre la misma: «¡Abrir los ojos!»
Esta invitación en un principio, suele considerarse trivial,
simplista e inoperante. Y es que uno quiere hacer algo, quiere
cambiar, actuar de otro modo. ¿Y qué se cambia con «abrir los
ojos»? Nuestro constante afán de «cambio» es uno de los
mayores peligros que acechan en el camino. En realidad, no hay nada
que cambiar, excepto nuestra visión. Por eso nuestro consejo se
reduce a «abrir los ojos».
En este mundo, el ser humano no puede hacer más que aprender a
ver, aunque, desde luego, es lo más difícil. La evolución se funda
únicamente en la modificación de la visión: todas las funciones
externas son mera expresión de la nueva visión. Comparemos, por
ejemplo, el actual estado de desarrollo de la técnica con el de la
Edad Media y la única diferencia es que desde entonces hemos
aprendido a ver determinadas leyes y posibilidades. Son leyes y
posibilidades que ya existían hace diez mil años, sólo que entonces
nadie las había visto. El ser humano gusta de imaginar que él crea
algo Nuevo, y habla con orgullo de sus inventos. Pero no se da
cuenta de que más que inventar, lo que hace es encontrar una
posibilidad ya existente. Todos los pensamientos y las ideas están
ahí en potencia, pero el ser humano necesita tiempo para
integrárselos.
Por
mucho que les duela a los que se empeñan en mejorar el mundo, en
este mundo no hay nada que mejorar ni que cambiar, más que la propia
visión. Los más complicados problemas se reducen, en última
instancia a la vieja fórmula de ¡conócete a ti mismo!. Esto, en
realidad, es tan difícil y tan arduo que continuamente tratamos de
desarrollar complicadas teorías y sistemas a fin de conocer y
cambiar a nuestros semejantes, nuestras circunstancias y nuestro
entorno. Después de tantos afanes, es irritante que las ampulosas
teorías, sistemas y elucubraciones, sean barridos de la mesa y
sustituidos por un simple «conócete a ti mismo». Ahora bien, el
concepto puede parecer simple pero su puesto en práctica no lo es.
Jean
Gebser escribe: «El necesario cambio del mundo y de la Humanidad
no será operado por los intentos de reformar el mundo; los
reformadores, en su lucha por un mundo mejor como ellos dicen,
rehuyen la tarea de mejorarse a sí mismos; practican la vieja
táctica, humana pero lamentable, de exigir a los demás lo que ellos
no hacen por pereza; pero los éxitos aparentes que consiguen no les
disculpan de haber traicionado no sólo al mundo sino a sí mismos.»
(Decadencia y participación.)
Pero
mejorarse a sí mismo no es sino aprender a verse tal como uno es.
Reconocerse a sí mismo no significa conocer su Yo. El Yo es al Ser
lo que un vaso de agua es al océano. Nuestro Yo nos enferma, el Ser
está sano. El camino de la salud es el camino que va del Yo al Ser,
de la cárcel a la libertad, de la polaridad a la unidad. Cuando un
síntoma determinado me indica lo que (entre otras cosas) me falta
para alcanzar la unidad, tengo que aprender a ver esta carencia y
asumirla conscientemente. Con nuestras interpretaciones pretendemos
conducir la mirada hacia aquello que siempre pasamos por alto. Cada
uno lo ve, bastará con que no lo pierda de vista y lo mire con más y
más atención. Sólo una observación constante y atenta vence las
resistencias y hace crecer ese amor que es necesario para asumir lo
observado. Para ver la sombra hay que iluminarla.
Página siguiente