La enfermedad como camino
XIV. CÁNCER (TUMORACIÓN MALIGNA)
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No se
trata aquí de desarrollar teorías ni de exponer creencias
sociopolíticas sino de describir el proceso del cáncer en otro
plano, a fin de ensanchar un poco el ángulo desde el que suele
contemplarse. El cáncer no es un hecho aislado que se presenta
únicamente bajo las formas así denominadas sino un proceso muy
diferenciado e inteligente que debería ocupar a los seres humanos en
todos los planos. En casi todas las demás enfermedades sentimos cómo
el cuerpo combate, con las medidas adecuadas, una anomalía que
amenaza una función. Si lo consigue, hablamos de curación (que puede
ser completa o no). Si no lo consigue y sucumbe en el intento, es la
muerte.
Pero con
el cáncer experimentamos algo totalmente distinto: el cuerpo ve cómo
sus células, cada vez en mayor número, alteran su comportamiento y,
mediante una activa división, inician un proceso que en sí no
conduce a ningún fin y que únicamente encuentra sus límites en el
agotamiento del huésped (terreno nutricio). La célula cancerosa no
es, como por ejemplo los bacilos, los virus o las toxinas, algo que
viene de fuera a atacar el organismo sino que es una célula que
hasta ahora realizaba su actividad al servicio de su órgano y, por
consiguiente, al servicio del organismo en su conjunto, a fin de que
éste tuviera las mejores posibilidades de supervivencia. Pero, de
pronto, la célula cambia de opinión y deja de identificarse con la
comunidad. Empieza a desarrollar objetivos propios y a perseguirlos
con ahínco. Da por terminada la actividad al servicio de un órgano
determinado y pone por encima de todo la propia multiplicación. Ya
no se comporta como miembro de un ser multicelular sino que
retrocede a una etapa anterior de vida unicelular. Se da de baja de
su asociación celular y con una multiplicación caótica, se extiende
rápida e implacablemente, cruzando todas las fronteras morfológicas
(infiltración) y estableciendo puestos estratégicos (metástasis).
Utiliza la comunidad celular, de la que se ha desprendido, para su
propia alimentación. El crecimiento y multiplicación de las células
cancerosas es tan rápido que a veces los vasos sanguíneos no dan
abasto para alimentarlas. En tal caso, las células cancerosas
prescinden de la oxigenación y pasan a la forma de vida más
primitiva de la fermentación. La respiración depende de la comunidad
(intercambio) mientras que la fermentación puede realizarla cada
célula por sí sola.
Esta
triunfal proliferación de las células cancerosas termina cuando ha
consumido literalmente a la persona a la que ha convertido en su
suelo nutricio. Llega un momento en el que la célula cancerosa
sucumbe a los problemas de abastecimiento. Hasta este momento,
prospera.
Queda la
pregunta de por qué la que fuera excelente célula hace todas estas
cosas. Su motivación debería ser fácil de explicar. En su calidad de
miembro obediente del individuo multicelular sólo tenía que realizar
una actividad prescrita que era útil al multicelular para su
supervivencia. Era una de tantas células que tenía que realizar un
trabajo poco atractivo «por cuenta ajena». Y lo hizo durante mucho
tiempo. Pero, en un momento dado el organismo perdió su atractivo
como marco para el propio desarrollo de la célula. Un unicelular es
libre e independiente, puede hacer lo que quiera, y con su facultad
de multiplicación, puede hacerse inmortal. En su calidad de miembro
de un organismo multicelular, la célula era mortal y esclava. ¿Tan
raro es que la célula recuerde su libertad de antaño y regrese a la
existencia unicelular, a fin de conquistar por sí misma la
inmortalidad? Somete a la comunidad a sus propios intereses y, con
implacable perseverancia, empieza a labrarse un futuro de libertad.
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