La enfermedad como camino
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XI.
EL APARATO LOCOMOTOR Y LOS NERVIOS
Cuando
hablamos de la postura de una persona, por esta sola palabra no está
claro si nos referimos a lo corporal o a lo moral. De todos modos,
esta ambivalencia semántica no da lugar a confusión, puesto que la
postura exterior es reflejo de la interior. Lo interno siempre se
refleja en lo externo. Así hablamos, por ejemplo, de una persona
recta, casi siempre sin darnos cuenta que la palabra rectitud
describe una postura corporal que ha tenido importancia capital en
la Historia de la Humanidad. Un animal no puede ser recto porque
todavía no se ha erguido. En tiempos remotos, el ser humano dio el
trascendental paso de erguirse y dirigió su mirada hacia arriba, al
cielo: así consiguió la oportunidad de convertirse en Dios, y, al
mismo tiempo, desafió el peligro de creerse Dios. El peligro y la
oportunidad del acto de erguirse se reflejan también en el plano
corporal. Las partes blandas del cuerpo, que los cuadrúpedos
mantienen bien protegidas, en el hombre están expuestas. Esta falta
de protección y mayor vulnerabilidad lleva aparejada la virtud polar
de mayor apertura y receptividad. Es la columna vertebral lo que nos
permite mantener la postura erguida. Da al ser humano verticalidad,
movilidad, equilibrio y flexibilidad. Tiene forma de S doble y actúa
por el principio del amortiguador. La polaridad de vértebras duras y
discos blandos le da movilidad y flexibilidad.
Decíamos
que la postura interna y la postura externa se corresponden y que
esta analogía se expresa en muchas frases hechas: hay personas
rectas y derechas y también las hay que se doblegan con facilidad;
conocemos a gente rígida e inflexible y a los que se arrastran
fácilmente; a más de uno le falta rectitud. Pero también se puede
tratar de modificar artificialmente la firmeza externa a fin de
simular una firmeza interna. Por eso el padre dice al hijo:
«¡Ponte derecho!», o: «¿Es que no puedes erguir la espalda?» Y
así se entra en el juego de la hipocresía.
Después,
es el Ejército el que ordena a sus soldados: «¡Firmes!» Aquí
la situación se hace grotesca. El soldado tiene que erguir el cuerpo
pero interiormente debe doblegarse. Desde siempre, el Ejército se ha
empeñado en cultivar la firmeza externa a pesar de que, desde el
punto de vista estratégico es, sencillamente, una idiotez. Durante
el combate, de nada sirve marcar el paso ni cuadrarse. Se necesita
cultivar la firmeza externa únicamente para deshacer la
correspondencia natural entre la firmeza interna y la externa. La
inestabilidad interna de los soldados aflora en el tiempo libre,
después de una victoria y en ocasiones parecidas. Los guerrilleros
no tienen esa actitud marcial, pero poseen una identificación
interna con su misión. La efectividad aumenta considerablemente con
la firmeza interior y disminuye con la simulación de una firmeza
artificial. Comparemos la rígida actitud de un soldado que permanece
con todas sus articulaciones bien rígidas con la del cow–boy, que
nunca sacrificaría su libertad de movimientos bloqueándose las
articulaciones. Esa actitud abierta, en la que el individuo se sitúa
en su propio centro, la encontramos también en el Tai Chi.
Toda
postura que no refleja la esencia interior de una persona nos parece
forzada. Por otra parte, por su postura natural podemos reconocer a
una persona. Si la enfermedad obliga al individuo a adoptar una
postura determinada que voluntariamente nunca asumiría, tal postura
revela una actitud interna que no ha sido vivida, nos indica contra
qué se rebela el individuo.
Al
observar a una persona, hemos de distinguir si se identifica con su
postura externa o si tiene que adoptar una postura forzada. En el
primer caso, la postura refleja su identidad consciente. En el
segundo, en la rigidez de la postura se manifiesta una zona de
sombra que él no aceptaría voluntariamente. Así, la persona que va
por el mundo erguida, con la frente alta, muestra cierta
inabordabilidad, orgullo, altivez y rectitud. Esta persona podrá,
pues, identificarse perfectamente con todas estas cualidades. Nunca
las negaría.
Algo muy
distinto ocurre, por ejemplo, con el mal de Bechterew, con la típica
forma de tallo de bambú de la columna vertebral. Aquí se somatiza un
egocentrismo no asumido conscientemente por el paciente y una
inflexibilidad no reconocida. En el morbus Bechterew, con el tiempo,
la columna vertebral se calcifica de arriba abajo, la espalda se
pone rígida y la cabeza se inclina hacia delante, ya que la
sinuosidad de la columna vertebral en forma de S ha sido eliminada o
invertida. El paciente no tendrá más remedio que admitir lo rígido e
inflexible que es en realidad. Análoga problemática se expresa con
la desviación de la columna: en la giba se manifiesta una humildad
no asumida.
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