La enfermedad como camino
X. CORAZÓN Y
CIRCULACIÓN
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El polo
opuesto es la presión muy alta (hipertensión). Por experimentos
realizados, se sabe que la aceleración del pulso y el aumento de la
presión sanguínea no se producen únicamente como resultado de un
incremento del esfuerzo corporal sino ya con la sola idea. La
presión sanguínea de una persona también aumenta cuando, por
ejemplo, en una conversación se plantea un conflicto que le afecta,
pero vuelve a bajar cuando la persona habla del problema, es decir,
lo traslada al terreno verbal. Este conocimiento, obtenido
experimentalmente, es una buena base para comprender los resortes de
la hipertensión. Cuando, por la constante imaginación de una acción,
la circulación se acelera sin que esta acción llegue a transformarse
en actividad, es decir, se descargue, se produce una «presión
permanente». En este caso, el individuo es sometido por la
imaginación a una excitación constante, y el sistema circulatorio
mantiene esta excitación, con la esperanza de poder transformarla en
acción. Si esto no se produce, el individuo permanece sometido a
presión. Pero, y para nosotros esto es aún más importante, lo mismo
ocurre en el plano de la acción en sí. Puesto que sabemos que el
solo tema del conflicto produce un aumento de la presión y que,
cuando hemos hablado de él, la presión vuelve a bajar, es evidente
que el hipertenso se mantiene constantemente al borde del conflicto,
pero sin aportar una solución. Tiene un conflicto, pero no lo
afronta. El aumento de la presión sanguínea es una reacción
fisiológica justificada: el organismo suministra más energía, a fin
de que podamos acometer con vigor las tareas necesarias para
resolver conflictos inminentes. Si esto se realiza, el exceso de
energía es consumido y la presión vuelve a situarse al nivel normal.
Pero el hipertenso no resuelve sus conflictos, por lo que no consume
la sobrepresión. Por el contrario, se refugia en la actuación
externa y, con un derroche de actividad en el mundo exterior, trata
de distraerse a sí mismo y a los demás de la invitación a afrontar
el conflicto.
Hemos
visto que tanto el que tiene la tensión muy baja como el que la
tiene muy alta rehuyen los conflictos, aunque con tácticas
diferentes: mientras el primero se retira al inconsciente, el
segundo se aturde a sí mismo y al entorno con un derroche de
actividad y dinamismo. Por consiguiente, lo normal es que la tensión
baja se dé con más frecuencia en las mujeres y la tensión alta en
los hombres. Además, la hipertensión es indicio de agresividad
reprimida. La hostilidad permanece encallada en la idea, y la
energía aportada no es descargada mediante la acción. El individuo
llama a esta actitud autodominio. El impulso agresivo provoca un
aumento de presión y de autodominio, la contracción de los vasos.
Así el individuo puede mantener la presión controlada. La presión de
la sangre y la contrapresión de las paredes de los vasos provocan la
sobrepresión. Después veremos cómo esta actitud de agresividad
reprimida conduce directamente al infarto.
Existe
también la hipertensión de la vejez, provocada por la calcificación
de los vasos. El sistema vascular tiene por objeto la conducción y
la comunicación. Con la edad, se pierde flexibilidad y elasticidad,
la comunicación se entorpece y la presión aumenta.
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