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Del desagrado al fanatismo
A finales de 1998, dos chicos se acercaron a un estudiante homosexual de la universidad de Wyoming, le mintieron diciéndole que también eran gays y se fueron con él a dar una vuelta. Poco después le dieron una paliza, lo llevaron a las afueras de la ciudad, lo ataron a una valla con los brazos en cruz y lo dejaron allí, inconsciente, a una temperatura muy baja. Seis días después moría sin haber recobrado el conocimiento. Durante su funeral aparecieron grupos con pancartas que decían "No hay lágrimas para los maricas".
En España la violencia contra los homosexuales ha aumentado
en los últimos años, generalmente perpetrada por bandas de
grupos neonazis, mientras el colectivo homosexual se queja
de que la policía no actúa tan rápido como debería.
El terrorismo, un fenómeno de sobra conocido en nuestro
país, es otro ejemplo de cómo los prejuicios, los
estereotipos y la discriminación pueden acabar en un odio
ciego y destructivo.
¿Cómo se llega hasta estos extremos?
1. Percibir al grupo como una amenaza. Para grupos
como los taliban, el hecho de ser islámicos es un aspecto
muy importante de quienes son, de su identidad personal. Por
tanto, la amenaza que perciben en el poder económico y
militar de Estados Unidos es visto como una amenaza contra
su identidad personal. Es decir, como un intento de ser
destruidos como personas, por ser quienes son, lo cual
supone una amenaza extrema. Cuando la gente cree que sus
grupos están amenazados, responde de dos maneras: a)
exaltando los símbolos y valores de su propio grupo, lo que
puede hacer que se vuelvan cada vez más extremistas y
fanáticos, considerándose muy superiores al otro grupo.
Sacan sus banderas, recuerdan a sus mártires del pasado y
glorifican sus logros, tal y como hicieron los serbios
siguiendo a Milosevic al sentirse amenazados por croatas y
musulmanes cuando la antigua Yugoslavia comenzó a
desmoronarse; y b) odian y atacan al grupo que ven como
amenazador, del cual creen estar defendiéndose
legítimamente. Los serbios lanzaron una campaña de "limpieza
étnica" que acabó con más de dos millones de personas sin
hogar.
2. La inhibición moral. Para llevar la
discriminación hasta sus consecuencias más atroces hace
falta algo más que odio. Estos grupos perciben a los
colectivos discriminados como inferiores, no humanos y fuera
del contexto donde se aplican las leyes morales. La persona
percibida así no despierta ningún tipo de compasión cuando
está siendo maltratada, como haría un miembro del propio
grupo. En los campos de concentración alemanes, algunas
oficiales nazis se hacían cargo de niños pequeños judíos a
los que trataban bien, pero no de forma diferente a como
tratarían a un animal. A pesar de no sentir odio hacia ellos
ni deseos de hacerles daño, eran incapaces de verlos como
seres humanos, pues eso habría sido incompatible con las
atrocidades que estaban cometiendo con los padres y madres
de esos niños.
3. La exclusión moral. Si la inhibición moral es
una conducta más pasiva, que nos hace volver la cabeza
indiferentes ante el maltrato, la exclusión moral es una
postura más extrema que puede llegar a la masacre o el
genocidio. Los miembros del grupo excluido son vistos como
despreciables, gérmenes que infectan al propio grupo, seres
inferiores incapaces de tener sentimientos humanos como
compasión y dolor. A pesar de cometer atrocidades contra
ellos, rechazan la responsabilidad de tales actos ya que
dicen hacerlo por el bienestar de su propio grupo o porque
se consideran una autoridad moral superior. Con los suyos,
en cambio, pueden ser amables y altruistas.
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