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Cuando predominan los
patrones como los descritos, conducen al abuso o la
negligencia. Los niños pueden:
Ser forzados a ponerse de parte de uno de los padres en los
conflictos.
Ser testigos de una alteración de la realidad, en la que lo
que se dice contradice a lo que de verdad ocurrió. Por
ejemplo, un padre puede negar que algo que el niño ha visto
ha sucedido. Esto lleva a los niños a dudar de su propio
juicio.
Ser ignorados, rechazados, no tenidos en cuenta o criticados
por lo que sienten o piensan.
Tener padres que se inmiscuyen de manera excesiva en las
vidas de sus hijos o son sobreportectores.
Tener padres que son excesivamente distantes y que apenas se
implican en las vidas de los hijos.
Ser sometidos a unas normas demasiado rígidas respecto a su
comportamiento, elección de amistades, planificación de su
tiempo, etc. o por el contrario, no tener ninguna disciplina
en absoluto.
Ser privados de una comunicación completa y directa con
otros miembros de la familia, como si no fueran parte de
ella.
Ser maltratados físicamente.
Como resultado...
El abuso y la negligencia
impide al niño desarrollar una confianza en el mundo, en los
demás y en ellos mismos. En la edad adulta, les puede costar
confiar en los demás, dudan de su propio juicio y de su
propio valor como personas. No es raro que también hayan
tenido problemas en los estudios, relaciones con los demás y
desarrollo de su propia identidad.
Con frecuencia, estas personas tratan de negar lo sucedido y
describir a sus familias como normales. Por desgracia,
cuanto más luchen por creer que la situación era normal, más
posibilidades tienen de desarrollar conceptos negativos de
sí mismos (es culpa mía, soy mala persona, soy un inútil, no
hago nada bien), porque al privar de toda culpa o
responsabilidad a sus padres, solo pueden culparse a sí
mismos.
Comunidades:
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