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2. Información procedente de
nuestra conducta
Observar nuestra propia conducta supone también una fuente
de información importante para desarrollar nuestro
autoconcepto. Cuando una persona observa que grita y se
enfurece con frecuencia, puede darse cuenta de que tiene
algún tipo de problema o tal vez está en una situación de
estrés excesivo. El adolescente que se apunta a una ONG con
un amigo y observa que se siente bien participando, puede
llegar a la conclusión de que le gusta este tipo de
actividades altruistas.
Incluso las conductas imaginadas pueden servir para los
procesos de autopercepción. De hecho, imaginarte a ti mismo
haciendo una actividad determinada puede hacer que esa
actividad te resulte más atractiva, porque las
características personales relacionadas con dicha actividad
se hacen más accesibles. O puede suceder justo lo contrario.
Por este motivo, las personas a menudo se imaginan a sí
mismas viviendo determinadas situaciones para tratar de
descubrir cómo se sentirían en ellas.
Pero como el autoconcepto no es algo que solamente tengamos
que descubrir, sino también algo que construimos
activamente, podemos influir en él modificándolo. Por
ejemplo, cuando una persona se visualiza a sí misma teniendo
éxito en una determinada actividad, tiene más probabilidades
de tener éxito. En un estudio (Hall y Hardy, 1991), se vio
que cuando los participantes se visualizaban teniendo un
buen rendimiento en el tiro con arco, sus puntuaciones
mejoraban. De este modo, no solo observamos y descubrimos
quienes somos, sino que también nos moldeamos a nosotros
mismos.
Por lo general, extraemos información de nuestra conducta
sólo cuando los indicios internos (pensamientos y
sentimientos) son débiles y cuando no nos encontramos
presionados por la situación. Además, las personas están más
dispuestas a sacar conclusiones a partir de las conductas
que han elegido libremente y las realizan porque desean
hacerlo (motivación intrínseca), y no por alguna recompensa
o presión externa (motivación extrínseca). En cambio, cuando
se lleva a cabo una conducta que está dirigida por la
motivación extrínseca, es probable que la persona pierda el
placer de realizarla. En un estudio realizado por Mark
Lepper y sus colegas (1973) se dio a un grupo de niños de
entre tres y cinco años unos rotuladores para que dibujaran.
Después de haber dibujado durante seis minutos, algunos
niños recibieron un certificado de buen jugador que se les
había prometido con anterioridad; otro grupo recibió el
certificado sin esperarlo; y el tercer grupo no recibió
nada. Una o dos semanas después, se colocó los rotuladores
en el aula de los niños y se les permitió utilizarlos en su
tiempo libre. Se midió el tiempo que cada niño usó los
rotuladores, como una medida de su motivación intrínseca.
Los resultados mostraron que los niños que habían recibido
la recompensa prometida con antelación estuvieron dibujando
la mitad de tiempo o menos que los otros dos grupos. Es
decir, los niños observaron su conducta y al verse a sí
mismos dibujando cuando se les había prometido una
recompensa, debieron llegar a la conclusión de que dibujaban
por la recompensa y no por el placer de hacerlo, de modo que
su motivación para dibujar disminuyó.
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Por tanto, las recompensas externas pueden deteriorar la motivación intrínseca, sobre todo cuando se perciben como sobornos que pretenden controlar externamente nuestra conducta, en lugar de recompensas que demuestren un buen rendimiento.
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