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Cuando las personas se ven a sí mismas como integrantes de un grupo más que como individuos, tienen más probabilidades de sentirse arrastradas por el grupo y llegar a cometer atrocidades que nunca cometerían en otra circunstancia. Es lo que se denomina proceso de desindividualización, en el que las personas dejan de lado su identidad personal y sus propios valores para convertirse en algo parecido a autómatas que sólo siguen las normas del grupo. De ahí que sea importante saber mantener la propia identidad sin llegar a fundirse por completo con la identidad del grupo.
El propio hogar se percibe a veces como un lugar que nos
pertenece y donde nosotros creamos las normas, al margen de
la sociedad. Esto puede hacer que esas normas sean
diferentes de las existentes en el exterior, variando
enormemente el comportamiento de una persona dentro y fuera
de casa.
La permisividad social respecto al castigo físico a los
hijos, la tendencia a no inmiscuirse en los asuntos
familiares de los demás aunque se den comportamientos
violentos y el hecho de percibir a los hijos como algo que
nos pertenece puede aumentar la violencia hacia los niños.
Las armas evocan pensamientos violentos y estos pensamientos
hacen más posible la conducta violenta. Lo mismo sucede con
cualquier otro objeto asociado a la agresión, como un puño
cerrado.
La agresión es, desgraciadamente, un comportamiento bastante extendido y del cual somos testigos a diario, en cualquiera de sus formas.
Tal vez el motivo principal
es que funciona. El niño que golpea más fuerte es el que
consigue el mejor juguete; los padres que pegan a sus hijos
obtienen resultados; el hombre que se muestra agresivo puede
conseguir el elogio de cierto tipo de hombres; el mal humor
y los comentarios hirientes pueden servirnos para librarnos
de hacer algo que no nos gusta. La agresión, física o
verbal, directa o indirecta, es una forma asequible, rápida
y, en ocasiones, fácil, de conseguir lo que queremos sin
tener que molestarnos en pensar demasiado. Sin embargo,
también tiene su precio: va siempre acompañada de
sentimientos negativos, como hostilidad o ira que, además de
hacernos sentir mal, aumentan el riesgo de problemas graves
de salud, como enfermedades coronarias.
Puede ir seguida de sentimientos de culpa, llevarnos a ser rechazados por otras personas e incluso apartados del grupo (este rechazo puede dar lugar en los niños a problemas de aprendizaje). La repetición de actos agresivos da lugar a personalidades agresivas y la violencia continua vuelve a las personas insensibles hacia ella. Matar por segunda vez es siempre más fácil.
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