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En la agresión emocional las recompensas y los costos suelen importar poco y la ira que se siente al percibir una provocación puede ser el desencadenante de la violencia. Como se ha dicho, la percepción de los acontecimientos es importante y a veces la agresión se produce sin que los demás sean capaces de reconocer el motivo debido a que sus interpretaciones de la situación pueden ser diferentes y no suponer para ellos un motivo de rabia. Aunque las primeras teorías sostenían que era la frustración (definida como el bloqueo en la consecución de un objetivo importante) la principal causa de la agresión, se ha visto que casi cualquier sentimiento negativo puede producir agresión. Entre estos sentimientos se encuentran, además de la frustración , la ira, el dolor, el miedo y la irritación. Las situaciones que pueden llevar a experimentar estos sentimientos son amplias y entre ellas se encuentran el calor o el frío excesivos, el hacinamiento, el ruido elevado y hasta olores desagradables.
La agresión no siempre se dirige, necesariamente, hacia la
persona que nos ha provocado. A veces se desplaza de su
verdadero blanco a otro que se considera más seguro, como
cuando la rabia dirigida hacia un jefe que podría
despedirnos se expresa dándole una patada al perro al llegar
a casa. Esto produce cierto alivio de los sentimientos
negativos, aunque el verdadero motivo puede no reconocerse
conscientemente debido a que algunas personas no suelen
detenerse a preguntarse el porqué de determinados
sentimientos que están experimentando y no saben de dónde
vienen realmente. En otras ocasiones, cuando el motivo de
nuestra irritación es, por ejemplo, una ola de calor, puede
ser difícil darse cuenta de esto, de forma que cuando
alguien nos provoca o insulta, la alteración preexistente se
suma con la ira sentida por la provocación y aumenta la
posibilidad de agresión. Es decir, una ola de calor no nos
vuelve agresivos, sino que puede hacer más intensos los
sentimientos negativos que experimentemos por otros motivos.
Por otra parte, si tras provocar a una persona se la
convence de que su alteración se debe a los efectos de una
droga que acaba de consumir, por ejemplo, la agresión se
reduce. Esto demuestra la importancia de nuestras
interpretaciones, tanto de la situación como de nuestros
propios sentimientos, a la hora de actuar de una u otra
forma.
Si nos convencen (o nos convencemos) de que algo en realidad no nos ha molestado y encontramos otra causa a la que achacar el malestar que sentimos y que sea incompatible con la agresión (como la influencia de una droga en el ejemplo anterior), este malestar se desvanece.
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