*El gato
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Arrancando una hoja de su bloc de notas escribió unas palabras de
consuelo. "Soy yo", decía en los últimos renglones, "que
soy ya demasiado vieja, quien está esperando y deseando la muerte".
Tras enredar el papel en el collar del gato y ayudarlo a salir de la
terraza mediante una escalera de mano por la que el animal trepó hacia el
tejado, volvió de nuevo a su monótona vida sin tiempo.
Pero a partir de ese momento algo cambió en su vida; en ella. El
gato regresaba periódicamente con una nueva carta a la que ella respondía
mientras iba creciendo en su interior algo parecido al entusiasmo. Empezó
a esperar ansiosa al mensajero felino, a conocer a ese niño entre sus líneas,
su caligrafía desgarbada, sus faltas de ortografía, y ambos se fueron
desvelando el uno al otro sus respectivos mundo solitarios, encontrándose
en los ojos del gato, intentando infundir un poco de esperanza en la vida
del receptor de sus mensajes. La voz tímida de un niño en un papel, la
voz dulcificada de una anciana que le habla de su pasado y le cuenta cómo
sacó fuerzas de la desesperación cuando una inundación arrasó su casa;
cuando vio morir, con los años, a muchos de los que amaba; cuando el
dinero no era nunca suficiente y empezó a temer al hambre. Después,
recuperar un reloj; aprobar un examen; leer un libro; empezar a ahorrar
dinero para esos patines que tanto deseó un día; escribir en un cuaderno
los momentos felices del pasado. Cada uno impulsaba al otro a dar pequeños
pasos hacia la vida. Más tarde, el gran reto: llamar a esa hija con la
que perdió contacto hace tanto tiempo, manteniéndola el orgullo en la
distancia. Ya apenas recordaba el motivo; apenas importaba; pensaba que
era demasiado tarde, demasiado absurdo. Y, sobre todo, el temor a la
negativa, el miedo al rechazo. Después, una insistencia terca que lleva a
un pacto: "si la llamo tendrás que perderle el miedo al agua y
aprender a nadar". Un triunfo compartido; una sonrisa sentida en la
distancia; una alegría transformada en palabras. "He aprendido a
nadar y, aunque no soy muy bueno en eso, sí que soy el más rápido de
los patinadores. He conocido a unos chicos a los que les gusta hacer
carreras". Una petición entusiasmada de alguien a quien no veía
desde hacía mucho tiempo. "Mi hija quiere que pase el verano en su
casa". Pequeños pasos hacia la vida. A veces grandes pasos. Entre
cada carta, cada maullido del gato, cada logro aplaudido por el otro;
hasta que, casi sin darse cuenta,
la vida logró atraparlos por completo.