Psicología /
Relato terapéutico
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El relato terapéutico
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Fuiste tú
Cuando entró en la habitación
las paredes se derrumbaron por completo. Tras el estruendo
inicial quedó una calma inusual e inalterada. Ni siquiera
una respiración jadeante, ni un ápice de miedo en su mirada,
ni una pizca de asombro al ver el cielo negro sobre su
cabeza, en el lugar donde debía estar el techo de su casa,
en el tercer piso de un edifico de setenta plantas. Todo se
había venido abajo menos su suelo, que quedó sostenido por
altas y sólidas columnas de piedra y acero, emergiendo entre
escombros como fantasmas. Entonces se sentó en el suelo. Vio
llegar a las multitudes, la policía los bomberos... y siguió
allí, sentada. Parecía contemplar el mundo a su alrededor
como si también hubiera muerto. Porque ella sabía que estaba
sentada sobre muertos; cientos de personas enterradas bajo
los escombros; algunos, quizás, atrapados bajo ellos
pidiendo socorro, muriendo en ese mismo momento, implorando
jadeantes un poco de aire. Sintió mucha sed, como si de
repente ni una gota de agua quedase en su cuerpo; una sed
tan intensa que habría hecho sucumbir a cualquiera ante
ella. Pero se limitó a sentirla y siguió allí, sentada sobre
muertos. Le dolían los ojos y los huesos.
Sabe que ha pasado el tiempo porque el cielo no es ya de ese
color tan negro. Se acerca ya el sol atravesando el
horizonte. Ella le hubiera pedido que se diera prisa, que,
por favor, fuera ese día más rápido que de costumbre. Pero
no lo hace. Guarda silencio. Hace ya un buen rato que la
gente la observa desde lejos, apiñada en los balcones de los
edificios cercanos, donde los vecinos se han reunido en las
terrazas con orientación más favorable. Se miran
interrogantes, susurran comentarios llenos de extrañeza.
"¿Creéis que estará viva?", dicen algunos. "Hay quien la vio
moverse", responden otros.
Ella no se da cuenta. Ahora le duele el pecho. Le duele
tanto que parece como si fuera a estallarle. Y así lo hace.
Estalla y siente el estallido y sigue allí tras él, sentada,
sin moverse, su pecho intacto, hecho añicos e intacto...,
extrañamente... "Debería pensar, debería moverme o hacer
algo". Observa fugazmente sus pensamientos, pero la razón no
le obedece. Puede saber que está llorando porque siente sus
lágrimas rodar hasta la comisura de sus labios. Sacian su
sed, en parte. Siente un gran tristeza que se desvanece y
sabe que ahora hay un muerto más en los escombros. Sonríe,
porque por un instante siente una inmensa paz. Pero dura muy
poco, porque su corazón decide desbocarse de repente y
empezar a cantar al ritmo de tambores. Son tambores de
guerra, piensa si querer, pero en realidad sabe que eso no
es cierto. Entonces siente deseos de cantar ella también.
Ignora el temor de que su voz tampoco quiera obedecer, deja
salir el aire rozando su garganta, sostiene una vocal, un
tarareo que el aire eleva hacia la noche dejándose posar
primero en sus oídos... "mi voz"... Después una palabra, una
frase inventada sin pensar, una canción guiada por el
tam-tam insoportable del corazón... Insoportable porque
duele; pero sonríe igual y canta su canción. Más fuerte,
cada vez más fuerte hasta gritar. Se da cuenta. Están ahí, y
sabe que es para ellos la canción. Por eso duele tanto; por
eso grita más y todos se detienen a escucharla, hasta que
deja de tener voz y se desmorona junto al suelo y las altas
columnas que la sostuvieron... y ya no queda nada.
La gente guarda un silencio sepulcral. Están llorando la
muerte de aquellos a los que amaron. Pero entonces empiezan
todos a cantar lo mismo que ella cantara hace un instante.
Escuchan las palabras salir de sus propios labios y
reconocen un adiós, un te quiero, palabras de consuelo poco
antes de partir. "Fuiste tú", le dicen todos al cuerpo
inerte que saben que pronto contemplarán. "Fuiste tú"...
"paraste el tiempo para decirme adiós".