El relato terapéutico

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*El hombre de la cajas

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  Tras observar divertida aquella escena continué mi camino sin darle la más mínima importancia. Pero algo cambió a partir de ese momento. Durante los días sucesivos, cuando volvía a pasar junto a él, no podía dejar de sentir curiosidad y lo observaba atentamente tratando de entender qué se escondía detrás de esa extraña conducta, a la que desde el primer momento puse la etiqueta de locura. Por supuesto, este simple hecho de etiquetar un comportamiento con un nombre concreto sirve, la mayoría de las veces, para poder seguir ignorándolo y no perder el tiempo en tratar de entenderlo, pues no tenemos más que echar mano del estereotipo para responder a todas las posibles preguntas gastando un mínimo de nuestra energía cerebral pensante.

   Sin embargo, aquél hombre extravagante despertó mi curiosidad dormida (casi extinguida) y en una refrescante vuelta a la infancia, me dediqué a espiar su comportamiento dispuesta a llegar a alguna conclusión; decidida, incluso, conforme mi curiosidad y mi entusiasmo se incrementaban,  a hacer algunas preguntas a los vecinos y puede que también al propio sujeto de mi experimento, el hombre de las cajas, como decidí llamarlo.

   Entonces ocurrió algo imprevisto; un suceso que me llenó de desilusión, apagó mi entusiasmo y me devolvió de lleno y cruelmente al mundo de los adultos de curiosidad empantanada: un nuevo directivo vino a sustituir a la persona que ocupaba su puesto hasta el momento. Lo primero que hizo tras sólo un par de semanas de trabajo y después de revisar unos informes que había pedido, fue convocar una reunión. Acudimos a ella no sin cierto temor, debido a su carácter de urgencia, que nos hacía pensar que algo no marchaba como debía. Y efectivamente, el directivo estaba enfadado.

-        Esta es mi área de trabajo - dijo - y aquí soy yo quien dicta las normas y quien dice cómo tienen que hacerse las cosas, tanto las más importantes como las más insignificantes, ¿queda claro?

   Supongo que no hace falta que diga que era un hombre alto, de aspecto atlético, con el pelo muy corto, un traje de chaqueta y una gabardina que había colgado en la percha al entrar. Todo muy nuevo, por supuesto.

 

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