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*El
árbol
Los
obuses atraviesan el cielo sibilantes y caen por todas partes, destruyendo
edificios, calles, plazas, cuerpos; caen sin que podamos predecir el lugar
de su estallido. La gente corre en todas direcciones tratando en vano de
encontrar refugio, aun sabiendo que no hay lugar donde sentirse a salvo.
Otros se quedan inmóviles, sentados en el suelo, con la vista fija en sus
zapatos, su semblante impertérrito. Yo apoyo mi espalda contra el grueso
tronco de un árbol y, echando mis brazos hacia atrás, sitúo las palmas
de mis manos sobre su corteza, como si al sentirlo de aquel modo pudiera,
de alguna manera, protegerme. La tierra bajo mis pies vibra a causa de las
bombas y algunas de las hojas del árbol se desprenden y caen al suelo
revoloteando, llevándose mi mirada con ellas; tal vez porque no quiero
ver más edificios viniéndose abajo. De vez en cuando hay unos instantes
de silencio cuya finalidad no es más que la de jugar cruelmente con la
esperanza. Porque siempre vuelve... siempre. Pero durante esos segundos de
expectante silencio puedo escuchar hasta el roce de las hojas en el aire.
También oigo un débil golpeteo que al principio ignoro, pues mis
sentidos luchan por cerrar sus puertas al exterior para siempre. Y a pesar
de eso sigue ahí, sonando como si alguien llamara a una puerta. Parece
proceder de muy cerca, dando la impresión de que su origen está en el
mismo árbol que me sostiene. Aguzo el oído y lo escucho de nuevo, justo
detrás de mí. Rodeo el árbol lentamente, sin despegar mi espalda de su
tronco, y descubro sorprendida que hay tallada una especie de puerta en su
base, justo a mi izquierda. Es cuadrada y mide aproximadamente unos
treinta centímetros. De nuevo escucho el golpeteo y ya no tengo ninguna
duda acerca de su procedencia. Mientras los obuses vuelven a silbar, me
agacho e introduzco mis dedos entre las rendijas de la pequeña puerta,
tirando de ella hacia fuera. Entonces algo empuja la puerta con fuerza y
un extraño y diminuto ser sale de su interior, corre a gran velocidad y
luego se detiene a unos pocos metros de distancia, se da la vuelta y me
mira fijamente a los ojos. Su cuerpo es como un pequeño tronco y tiene
cuatro ramas a manera de brazos y piernas. Sus pequeños ojos marrones son
completamente humanos y los más hermosos que haya visto nunca.
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